Frente al olvido


Siempre se nos olvidará alguien, claro que sí. En realidad serán muchos, muchísimos, los que falten, y pido disculpas por su ausencia. Pero vaya para todos ellos, desde aquí, al menos, el reconocimiento que merecen por hacer o haber hecho que esta Última Bretaña nuestra sea, donde Europa comienza, infinitamente más grande en el corazón que en los mapas. En cualquier caso, lo cierto es que también sus nombres, los de los ausentes, están, por fortuna, en la mente de todos ustedes -de los amigos a los que está dirigida esta columna, que es sobre todo una carta escrita sobre una mesa de mármol-, con independencia de que las prisas de la escritura periodística me hagan incurrir hoy en el error de no mencionarlos. Pero dicho esto, por nada del mundo querría dejar de resaltar lo mucho que le debe Galicia a Xaquín Marín, que con una sonrisa que jamás se ha marchitado, y con sus lápices de dibujo en la mano, ha sabido reflejar como nadie el alma de un país entero. Tampoco me permitiría dejar de subrayar, por supuesto, la trascendencia de la obra de Julia Uceda, que ha convertido el valle de Serantes en una de las grandes capitales de las letras. Ni quiero pasar por alto la importancia del legado del almirante Miguel Fernández. También creo que es de justicia recordar el esfuerzo llevado a cabo por Félix Villares para reivindicar, ante la historia de la literatura, a los poetas del Seminario de Santa Catalina. Al igual que rendir tributo a la labor que Natalia Lamas y Narciso Pillo hacen en el mundo de la música. Y por supuesto decir que Miguel Carlos Vidal y José Seoane son, además de grandes juristas, dos intelectuales gallegos a los que conviene escuchar siempre.

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