En un castro


Y de repente, mientras cae la tarde, se te ocurre ir a visitar, dando un paseo, ese castro hasta el que apenas hay un par de kilómetros, pero que, precisamente por ello -por tenerlo muy cerca-, hasta ahora solo habías visto de lejos. Al llegar a donde se acaba el camino, lo primero que te sorprende de ese viejo asentamiento, alzado en lo alto de una colina cuando la voz del romano aún no se había escuchado en este extremo del mundo, es la grandeza del recinto. Y, en especial, la del muro y el foso que lo rodean, cuyas dimensiones ni sospechabas, siquiera. El paso de los siglos y la reutilización del territorio han alterado para siempre el interior de la fortificación, pero el conjunto -y en especial su estructura defensiva- ha sobrevivido de forma más que digna a los golpes del destino. Te das cuenta, entonces, de que solo has visto el extremo del castro que mira hacia tierra adentro, que es el que lo hermana, por el este, con el valle, donde debió de tener su principal acceso, muy próximo al río, y te preguntas qué habrá al otro lado, donde se pierde, en medio de un viejo bosque, hacia el poniente. No es fácil llegar hasta allí. Pero cuando por fin lo logras, surge el milagro. Ves, conmovido, que donde, por su inclinación extrema, las tierras no sirvieron para labrar, el castro ha permanecido casi intacto a lo largo del tiempo. En aquel lugar de tanto abrigo, casi un laberinto, la vegetación es extraordinariamente densa. Cae la noche, y las aves del día cesan en sus cantos. La oscuridad toma posesión de su reino. El agua del río, que hace música entre las piedras, saluda ahora a la luna. Los ojos del castro te miran. Son nuestros ojos, también. Marchas, y anochece por completo.

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