Canta famiña atrasada. No solo en su formulación sublimada o metafórica: hambrunas puras y duras fruto de la miseria, el atraso y la pobreza. Galicia revienta en paparotas multitudinarias cada verano. El hambre de generaciones se nos ha incrustado en el hipotálamo y necesitamos la catarsis ceremonial, conmemorativa y sacrificial, de los excesos gastronómicos para apaciguar la pulsión: antes no pudimos, ahora nos resarcimos. Sin duda lo expondrá mejor Manuel Mandianes. No encontré referencias en Marvin Harris -Bueno para comer-, el antropólogo norteamericano que desmontó las rentables patrañas de su colega Carlos Castaneda sobre los efectos milagrosos del peyote y su fantasmagórico personaje Don Juan. Pero este desmedido afán por deglutir colectivamente que tenemos los gallegos -no solo- y lo manifestamos con profusión y con el más nimio de los pretextos desde que el desarrollo de la sociedad lo ha hecho posible no parece cimentarse en otro anclaje ancestral que en el de la privación y la frustración ensalivada a lo largo de generaciones. Por más que se invista con una pátina cultural popular, resulta sospechoso enraizarla en otro sustrato. En una sociedad de principios líquidos y memoria gaseosa como la nuestra, parece inconsistente hablar de un pasado glorioso para referirnos a esta querencia a fagocitarlo todo. El historiador británico Eric Hobsbawn estableció con precisa claridad la diferencia entre tradición y costumbre, a propósito de la invención de la primera. Con un ejemplo de la Justicia inglesa, exponía que la costumbre es que los jueces juzguen; la tradición, que se toquen de una peluca en las vistas públicas. Pues eso, bo proveito.