Isidoro Hornillos


Se ha dicho muchas veces, ya. Pero quizás siga siendo importante recordar que el atletismo no es un deporte más, sino una metáfora de la vida. No hay mayor victoria, y eso lo saben bien todos los atletas, que la que se logra sobre uno mismo. Y es cierto que los llamados deportes de esfuerzo no pasan hoy, en lo que a popularidad se refiere, por su mejor momento, tras haberles causado heridas muy profundas la lacra del dopaje. Pero, poco a poco, el Rey de los Deportes está volviendo a ocupar, ante la opinión pública, el lugar que le corresponde. Desde mi punto de vista, el atletismo es un territorio literario magnífico. Pertenezco, y nunca me cansaré de repetirlo, a la generación de quienes, de niños, tuvimos nuestro primer contacto con el mundo de lo legendario a través de la figura de Mariano Haro, de la misma manera que los Reyes Magos fueron quienes nos mostraron el camino de los mitos. Y jamás olvidaré que durante la larga convalecencia de una enfermedad que padecí en mi juventud, dos de las mayores alegrías que recibí vinieron del descubrimiento de La guerra del fin del mundo, la magnífica novela de Vargas Llosa, y de la medalla de bronce lograda por José Manuel Abascal en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles. El caso es que hoy no quiero dejar de subrayar que el hecho de que el atletismo vuelva a brillar en España como lo hace se le debe en gran parte a Galicia: al atletismo gallego, presidido por quien fue uno de los más grandes velocistas españoles de todos los tiempos, el profesor Hornillos Baz, Isidoro Hornillos. El deporte enseña a mirar más lejos, claro que sí, pero además el atletismo es una excepcional escuela de valores, como Hornillos siempre ha defendido.

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Isidoro Hornillos