Misterios


Ferrol

Por si alguien tenía dudas de la importancia social, económica y mediática que tiene el fútbol, las puede disipar encendiendo la televisión o abriendo un periódico cualquier día de estos del Campeonato del mundo de selecciones nacionales en Rusia. Himnos, banderas, aficionados con los colores de la camiseta de su equipo, miles de personas en los campos, millones ante los televisores, países paralizados cuando juega su selección, como sucedió en Islandia, con el 99 % de sus habitantes viendo jugar a su equipo contra la Argentina de Messi… Tenía razón Jorge Valdano cuando dijo que «el fútbol es lo más importante entre las cosas menos importantes de este mundo». Porque, guste o no, lo que nadie puede negar es la capacidad de mover masas humanas en cualquier país del mundo, desarrollado o atrasado, rico o pobre. Hoy en día no hay ningún hecho político, ni social, ni religioso, ni, desde luego cultural o científico, que sea celebrado y aclamado con un grito tan unánime, espontáneo y visceral como el que se escucha en un estadio o en un bar cuando el equipo de casa marca un gol. Ese alarido irracional y monosilábico, que estalla al unísono en el campo de fútbol, en los bares, en las salas de estar y en las plazas de los pueblos más remotos, con gentes de todas las razas levantándose de sus asientos y abrazándose, es un fenómeno que no se da en ningún otro contexto social. Que un simple balón cruce la raya de gol de la portería y provoque semejante entusiasmo es un misterio difícil de explicar. Y no estamos hablando de asuntos metafísicos, complicados en su esencia, ni de algo que no se puede constatar, sino de un hecho que estos días del Mundial se repite en países de todos los continentes. Sin ir más lejos, en ciudad de México, el gol que marcó su selección a la poderosa Alemania (cuatro veces campeona del mundo) «causó un pequeño temblor sísmico provocado por los saltos masivos que dieron los aficionados celebrando el gol de Lozano», según la noticia de agencia que pudimos leer en este periódico.

Y eso que ahora, desde este Mundial, los goles ya no son como eran. Con la aplicación de la tecnología televisiva al fútbol, la euforia natural que desata el gol queda contenida unos momentos hasta que el aparato que revisa las jugadas da el visto bueno. Son unos momentos en que el aficionado no sabe qué hacer: se dispone a la alegría, pero teme sumirse en la pena. Habrá que acostumbrarse porque lo que se pierde en espontaneidad se gana en emoción y en justicia. Y por lo visto, la selección española está teniendo una buena relación con este arbitraje electrónico porque ya vino en nuestra ayuda en dos ocasiones. Está claro que somos un país que nos adaptamos muy bien a todos los adelantos y novedades, sean del orden que sean. Somos capaces de pasar de la ayuda castiza de Manolo, «el del bombo», que era el sustento más entusiasta que teníamos en la grada -tampoco faltaban a su lado algunos aficionados vestidos de toreros, con capote y montera- a manejarnos con total desenvoltura con la tecnología más puntera en un campo de fútbol. Hemos logrado conjugar el casticismo de Manolo -que también está en Rusia, aunque ahora con problemas para meter su bombo en los estadios, en el que es su décimo Mundial consecutivo a golpe de percusión- con nuestra habilidad para salir bien parados en las jugadas que juzga la máquina. La España de siempre y la que va con los tiempos.

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