Las casas de la memoria


Ferrol

En una de las plantas altas del Archivo del Reino de Galicia se encuentra una sala de restauración. Los técnicos visten bata blanca. Aquello se parece a un quirófano también en el trato a los documentos. Legajos, fotografías, escrituras, libros con siglos en sus lomos, y un Fontán. En una mesa enorme está enrollada una Carta Geométrica de Domingo Fontán a la espera de restauración. La experta encargada de hacerla dice que ya restauró ocho fontanes, así, como al desgaire, con la misma naturalidad que se toma un café. Aunque con la responsabilidad de quien se sabe guardián de la memoria de una sociedad compleja en la que se suceden los acontecimientos a todo filispín.

En este mundo tan tecnológico, tan cibernético, tan interconectado y tan virtual, necesitamos los archivos más que nunca. Dicen los pedagogos que cada vez se le da menos valor a la memoria en los procesos de aprendizaje, pero necesitamos que la memoria esté a salvo. La memoria colectiva, social, lo que pasó, por qué pasó y los documentos que lo sustentan. Tenemos presente, no hace mucho tiempo, el pleito que ganó el Estado español ante unos tribunales americanos contra la empresa que expolió el tesoro de la fragata Mercedes. Miles de monedas de un valor incalculable que se pudieron recuperar gracias, entre otros, a los documentos aportados por el Archivo del Museo Naval de Madrid que demostraban que se trataba de un navío de guerra, con pabellón español y que por tanto, lo que contenía el buque estaba en suelo español.

Ahora hacemos frente a otro expolio, el de los herederos de Francisco Franco con unas propiedades usurpadas en la dictadura. La comisión de expertos encargada de documentar el caso particular del Pazo de Meirás ha encontrado tanto en el Archivo General del Palacio de El Pardo como en el Archivo Militar Intermedio de A Coruña, documentación fehaciente que demuestra que ese inmueble nunca dejó de ser parte del patrimonio público. Allí figuran los documentos de los consejos de ministros, recepciones de autoridades, órdenes de traslado de tropas y personal de servicio y facturas de gastos de mantenimiento a cargo del ejército. Las pruebas, afirman, son contundentes, como lo son los documentos custodiados en esos archivos que han podido ser recuperados y analizados. La Granja de Meirás, como la llamaba Emilia Pardo Bazán mientras fue su casa, será un bien cultural de todos en buena medida porque se habrá probado documentalmente su uso público como una residencia de verano del dictador, igual que el Palacio de El Pardo lo era el resto del año y a nadie se le ocurriría intentar apropiárselo. Y si alguien lo intenta, tendremos los archivos que nos recuerdan quienes somos y donde estamos.

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