Lo inmediato


Ya lo decía Faulkner, el genial escritor norteamericano que nos enseñó que aunque las novelas, en el fondo, no iluminan nada, puesto que no son más que la modestísima llama de una cerilla que se enciende en medio de la noche, hacen algo infinitamente más importante, al recordarnos que la oscuridad que nos rodea es inmensa: «Los sueños -sostenía don William- deben ser siempre grandes, para que no los perdamos de vista mientras los perseguimos». Una frase brillantísima, qué duda cabe. De hecho, hay que ver lo bien que queda en cualquier sitio. Y resulta evidente, además, que saber mantener la vista en el horizonte es algo especialmente importante en estos tiempos que corren. Pero, eso sí, con los pies en el suelo. Porque si bien es cierto que el ser humano sueña porque con la realidad no le basta, como Cunqueiro decía -y ahí queda otra cita, vaya día-, igual de cierto es que conviene no dejarse engañar por los espejismos. Soy un gran devoto de quienes hacen lo posible por mejorar la vida de los demás sin buscar protagonismo alguno, sin grandes gestos ni palabrerías. Esas personas anónimas a las que, por lo general, nadie da las gracias. Y cada vez me cansan más los discursos de quienes, desde un cargo público, hablan de arreglar el mundo mientras no son capaces de ocuparse de que las calles de sus ciudades estén bien empedradas y limpias, de que las personas mayores reciban la atención y el cariño que merecen tras haber trabajado toda una vida, y de que haya lugares en los que puedan jugar tranquilamente los niños. Lo inmediato, lo que nos rodea, es la verdadera esencia de los días. Lo que más nos concierne a todos está aquí mismo.

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