Lo innecesario


No sé qué opinarán ustedes, pero a mí me parece que uno de los más grandes momentos de la historia de la humanidad fue aquel en el que alguien se dio cuenta, por vez primera, de que el lenguaje ha puesto a nuestro alcance la mayor de las magias, que es la que hace posible que las cosas existan cuando las nombramos. Permítanme acudir, de nuevo, al ejemplo más querido: invoquemos al Caballero de la Triste Figura. El caso es que seguimos sabiendo muy poco de aquel Cervantes que fue soldado y voluntarioso poeta bajo las renacentistas luces de su juventud; del que se hizo verdaderamente grande en su vejez, cuando las sombras del barroco le enseñaron que no hay mejor refugio que el humor frente a las adversidades. En cambio, conforme los años pasan, el tiempo nos va desvelando no solo el rostro del Quijote, sino incluso la verdadera razón de todos y cada uno de sus actos. Discúlpenme ustedes el juego de palabras, pero los nombres de las cosas, sobre todo los de las cosas que amamos, también son una patria. Cada rincón de nuestra propia vida, en especial los escenarios de nuestra infancia, nos ha enseñado a existir. Si alguien, por la razón que fuera, intentase llamarle de otra manera al humilde camino en el que vi a los Reyes Magos, haría sangrar mi alma. Y ya no les digo nada si pretendiese arrebatarle su nombre al lugar donde está la casa en la que vine al mundo y en la que, pocos años más tarde, murió mi madre. La toponimia, que es el «conjunto de los nombres propios» (¡ojo: propios!) de un territorio, como nos enseña el diccionario, es un patrimonio que merece ser respetado. Las calles son para convivir, y son de todos. Quizás convenga no olvidarlo.

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Lo innecesario