Una forma de felicidad


Las estadísticas, tan tozudas ellas, sitúan a Galicia -también con relación al mundo del libro- en una nueva paradoja. Nos dicen que los gallegos somos los penúltimos de España en el gasto en compra de libros. Los últimos son los andaluces y los primeros los madrileños y catalanes. Sin embargo, Galicia presentaba en el 2016 el mayor número de librerías por habitante de todo el país. Exactamente había 14,8 librerías por cada cien mil habitantes, cuando la media española era de 8,5. De nuevo el último lugar era para Andalucía con 5,7. El mapa describía más librerías en el norte, centro y Canarias, y menos en el sur, levante y Balea es. En resumen, los gallegos somos los que tenemos más librerías y de los que menos libros compramos. Visto lo cual, de la rentabilidad media de cada establecimiento librero mejor ni hablamos. Hablemos de la feria del libro recién celebrada y del Día del Libro, institución que el mundo le debe al ingenio español. Exactamente al escritor valenciano Vicente Clavel, quien propuso su celebración en 1923. Pocos años después, en 1926, Alfonso XIII firmó el real decreto para que todos los años, el 7 de octubre (probable día del nacimiento de Cervantes) se celebrara la Fiesta del Libro. Ya en 1930 la celebración se traslada al 23 de abril, por razones meteorológicas y por la certeza de la fecha coincidente del fallecimiento de Cervantes, Shakespeare y Garcilaso de la Vega. Y fue en 1995 cuando el gobierno español presentó ante la UNESCO la iniciativa de la Unión Internacional de Editores para que la celebración tuviera carácter universal. Así es desde entonces y, además, se le añadió el nombramiento anual de una ciudad como capital mundial del libro, honor que este año le corresponde a Atenas. La feria del libro local tuvo lugar hace unos días en la plaza de la Constitución. Fue una feria, por así decirlo, muy recogida, muy cuquiña y acogedora. Una fila de casetas estaba bajo la protección del edificio dieciochesco que, en algún momento, acogió un instituto de enseñanza; antes había sido cárcel y después gobierno militar. Las otras casetas estaban amparadas por la alameda más antigua y menos valorada de Galicia. A un lado el palco de la música, aunque la música de los Beatles no salía de allí. Detrás el rótulo del camino inglés a Compostela, por el que a aquellas horas de la mañana del sábado no pasó ningún peregrino. Había muy poco público ojeando o comprando libros. Tomando un café recordé al maestro Borges: «Yo he dedicado una parte de mi vida a las letras y creo que una forma de felicidad es la lectura». Me acerqué a comprar algunos y ahora estoy -un poco más feliz- con la lectura de los cuentos perdidos de Scott Fitzgerald. ¡Larga vida al libro!

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