Mera, la aldea más cosmopolita

Jóvenes de todo el mundo participan en los campamentos de equitación y naturaleza de la Granxa do Souto


Ortigueira

La granja propiedad de la familia Pita desde el siglo XVI, recuperada en 1981 por Manuel Vierna como explotación lechera y convertida en centro de actividades ecuestres en 1999, lleva más de una década ofreciendo campamentos estivales de equitación y naturaleza. El ambiente cosmopolita de Mera, donde residen familias de varias nacionalidades, se refuerza en verano en la Granxa do Souto. «Viene gente de fuera, Israel, Venezuela, Nueva York... Una profesora es inglesa y hay working students [estudiantes en prácticas] de Suecia, Dinamarca, Canadá o Estados Unidos», indica Sara Vierna, que ha relevado a su padre, Manuel, y dirige los campamentos.

Esta educadora social de 32 años está al frente de un equipo multidisciplinar de 12 personas. Los alumnos, con un máximo de 24 por turno -tres desde el 30 de junio al 30 de julio y, si hay demanda, también en agosto-, apagan sus teléfonos móviles y se entregan a los trabajos de la granja, desde sacar las cabras a pastar a darles de comer a los conejos, limpiar los establos o cuidar el huerto. Cada mañana montan a caballo y realizan todo tipo de labores ecuestres, y las tardes se reservan para rutas y otras actividades al aire libre.

«Siempre con un trasfondo educativo, aprovechando la diversidad de países y lenguas, que enriquece, y las distintas capacidades de cada uno», remarca Sara, que percibe «una conexión especial entre niños y caballos». «Nuestro éxito es que repiten, y a veces muchos años». Hay que reservar plaza antes del 30 de abril.

Patricia Alonso: «La gente realmente es lo mejor, es lo que te hace volver, son tu otra familia»

A Patricia Alonso Muela (Madrid, 23 años), de padre coruñés, le apasionan los caballos. «Monto desde los diez años y como no es algo barato, intento buscar fórmulas, y encontré en Internet el anuncio de los working students, trabajas, recibes clase, te dan el alojamiento y la comida, y un pequeño sueldo. Este verano será el tercero y ya iré de monitora [es técnico deportivo en equitación]», relata esta estudiante de ingeniería. «Desde el primer momento me sentí muy bien acogida y aprendí muchísimo, pero lo mejor, realmente, es la gente, es lo que te hace volver, son como tu otra familia», subraya. En un campo «tan asociado a una élite y tan competitivo», a Patricia le ha sorprendido encontrarse «a personas muy honradas, que no te conocen de nada y te dejan montar caballos que son buenísimos, con los que puedes aprender, y eso te llena mucho».

En la Granxa do Souto ha encontrado su hada madrina, que en realidad es un hado, Manuel Vierna, el propietario. «Siempre me ha ayudado, pero esta vez me ha dado la clave para cumplir el sueño de mi vida. No podía permitirme tener un caballo y me regaló una yegua, Dakota, Dakota do Souto, y que me he traído a Madrid», agradece. Admite que el mundo de la hípica «es enfermizo, una vez que empiezas estás fastidiada y jamás vas a tener dinero para otra cosa», ríe.

Tal es su fascinación por Mera que no le cuesta esfuerzo alguno mantener el teléfono móvil apagado durante el campamento. «Estás todo el día entretenida, siempre hay algo que hacer». Aunque siempre ha veraneado con su familia en A Coruña, no conocía Ortegal. «Ahora, con las rutas que hacemos desde la Granxa do Souto por los alrededores, veo que es fantástico».

Carmenchu García: «A mí me cambió la vida y a los caballos les da una felicidad increíble»

Los campamentos de Mera le han cambiado hasta el nombre. En el primero entró como Carmen García Casals y salió como Carmenchu, ya para siempre. «Yo tenía un caballo, mi madre vio el anuncio por televisión, le pareció muy buena idea porque está en el campo y los caballos en libertad, y me apuntó», recuerda. Entonces tenía siete años, ya ha transcurrido una década, repite cada verano y suele doblar turno. «Ese sitio me cambió la vida, estás en contacto con la naturaleza y aprendes muchísimo espeto y educación, me siento como de la familia, muy querida», afirma.

Carmenchu cursa segundo de Bacharelato y siempre que puede se escapa a Mera para montar a Micoko, su caballo. «Era el peor del mundo, mordía, daba coces, no soportaba estar en una cuadra, se escapaba... Pero desde que llegó a Mera se acabó, se volvió súper manso. Es una hípica que tiene libertad, en unos prados grandes, que sin duda les da una felicidad increíble». Ella encuentra «paz absoluta» en la granja, donde ha hecho amistades, de Vigo, Toledo o Alemania.

Sus compañeros no entienden cómo puede pasarse un mes encerrada en una granja: «Juego con los niños, no tengo por qué perder ese entusiasmo, es un ambiente mucho más agradable que el de una ciudad, cada día conoces a gente diferente y te llevas momentos y vivencias». Solo un verano probó en otro campamento. «Y lo tuve que dejar, no había un vínculo de equipo... Y ahora, aquí, como working student, la experiencia también es buenísima».

Manuel Bartes: «Mi hija es muy feliz en la granja, basta con verle la cara y todo lo que aprende»

Para la madrileña Gabriela Bartes, de 11 años, la del verano de 2018 será su cuarta experiencia en la Granxa do Souto. «Empezó a montar a los seis años, en Madrid, y con siete la llevamos a Mera por recomendación de una familia. Salió encantada, iba por una semana, se le hizo corto y lo alargó otra. Era la primera vez que dormía fuera de casa, y ahora es el regalo del año», comenta su padre, Manuel, que elogia el trato y el hecho de que sea un grupo reducido. «Es muy feliz -remarca-, basta con verle la cara, cómo te cuenta lo que vive y lo que aprende, cosas nuevas relacionadas con la naturaleza y el cuidado de los animales. A raíz de esto quiere ser veterinaria». Los campamentos han servido para que su familia descubra Ortegal: «Es precioso, y cuando vamos a llevarla y a recogerla hacemos una ruta gastronómica estupenda».

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