Fotografía evocadora


Me manda un hijo mío una foto de la tumba de Antonio Machado, en Collioure. En una excursión de estudios por el sur de Francia, visitaron el humilde cementerio donde descansa un hombre sencillo, pero un poeta extraordinario. De la fotografía me llama la atención la cantidad de objetos que rodean y cubren, en parte, la lápida: banderas republicanas, coronas de flores tricolor, vasos con velas… El recuerdo de Antonio Machado sigue vivo y su tumba ya es un lugar de peregrinación para admiradores de diferentes generaciones. Es algo que reconforta a sus lectores, pero no lo suficiente para que nos olvidemos de la tristeza y penuria con que el poeta vivió los últimos años de su vida. Machado siempre fue un hombre austero, de una vida sencilla. Excepto los dos años que vive en Soria casado con la joven Leonor, el resto de su vida la pasa en pensiones modestas, primero en esta ciudad, después en Baeza y en Segovia, en cuyos institutos ejerció como catedrático de francés. Educado en la Institución Libre de Enseñanza, era un hombre de reflexión y vida interior, sin ningún interés por la vida social. Tanto es así que fue nombrado académico de la RAE y nunca llegó a tomar posesión por todo el ceremonial que el acto conlleva. Pero en la misma medida, era un hombre comprometido con la cultura popular y con el noble empeño de acercar la educación académica a las clases más bajas. Es uno de los fundadores de la Universidad Popular de Segovia, recién llegado a la ciudad, en 1919. Y aquí, años más tarde, será elegido como el personaje más representativo de la sociedad local para izar la bandera tricolor en el balcón del Ayuntamiento el 14 de abril de 1931, día de la proclamación de la República. Antonio Machado tenía el unánime reconocimiento de ser, al mismo tiempo, un ciudadano respetable y un intelectual honesto.

Será a partir de julio de 1936, con el disgusto de ver esas dos Españas (de las que él ya nos había prevenido) enfrentadas en una guerra fratricida, cuando su vida empiece un declive ya incontenible. Primero, Valencia; después, Barcelona, para salir camino del exilio en enero del 39. Acompañado de su madre, una anciana de 85 años, y de su hermano más joven, José, tendrán que cruzar a pie la frontera en pleno invierno pirenaico, y recogerse en un humilde hotel de Collioure. La última foto que se conserva de él, de unos meses antes, en España, es la de un viejo irreconocible (sin haber cumplido aún 64 años), sobre todo por la trágica expresión de desconcierto en su rostro y por la desolación de su mirada. Murió, más de pena que de cualquier enfermedad concreta, justo al mes de llegar: el 22 de febrero de 1939. Algunos hispanistas quisieron organizar un entierro solemne en París para que se enterase el mundo entero. Pero su hermano José se opuso, argumentando que el poeta no habría aceptado tanta pompa ni la grandilocuencia de los previsibles discursos. Así que, cubrieron el ataúd con una bandera de la República y seis milicianos lo llevaron a hombros a este cementerio y a esta tumba que ahora estoy contemplando. Y que en su parte inferior, a modo de epitafio, tiene grabados los versos finales de su poema Retrato, que inaugura su inmortal libro Campos de Castilla: «Y cuando llegue el día del último viaje y esté a partir la nave que nunca ha de tornar, me encontraréis a bordo ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar».

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