He de reconocer humildemente que a pesar de que de noche atravieso con cierta frecuencia un paraje en el que antaño se veía mucho a la Santa Compaña, a mí, de momento, no se me ha aparecido nunca. Cosa que, por una parte, me deja un poco triste y decepcionado, puesto que debía de ser todo un espectáculo verla. Pero que, por otro lado, no deja de tener también sus ventajas, puesto que cuando la Santa Compaña se te aparecía (yo no conocí a nadie que la viese, eso he de admitirlo también; pero sí traté, en cambio, de niño, a muchas personas que conocían a no sé cuánta gente que la había visto de cerca), aquí el procedimiento habitual, para evitar que después tuvieses que incorporarte a la comitiva con una vela, era tirarte al suelo, por enfangado que estuviese. Una maniobra disuasoria que te libraba de seguir a aquellos seres del Más Allá, que debían de ser poco amigos de doblar el espinazo -al menos en esa época-, pero que a ti, como a nadie se le oculta, te dejaba hecho un trapo, por decirlo de alguna manera. En cualquier caso, no quiero dejar de anotar, tampoco, que el lugar del que les hablo, donde en el pasado se aparecía la Santa Compaña constantemente, está bastante cambiado. Lo que eran trigales, ahora son tierras abandonadas a su suerte. Y hasta se han convertido en montes algunos prados de excelente hierba. El camino lo han asfaltado, pero por lo general está desierto. El jabalí causa verdaderos estragos en el poco maíz que aún se planta allí. Y las casas, una tras otra, se han ido quedando vacías. Empiezo a temer que la Santa Compaña se haya ido lejos porque también a ella le da mucha pena ver que todo un mundo ha muerto para siempre.