Letras de Carlos


Mediado el mes de diciembre, cuando está a punto de terminar el año que la Real Academia Galega ha dedicado a la memoria de Carlos Casares, acabo de recordar que en Sillobre hay un manuscrito del autor de Vento ferido. Y no es que lo hubiese olvidado, entiéndanme ustedes, porque olvidarlo no lo olvidé nunca, sino que en este preciso instante vuelve de nuevo a mi memoria, como una invitación a la melancolía, la cartulina del color del pergamino, escrita con tinta colorada, que se conserva en Lar Vilar, café sillobrés -¡un café con biblioteca, nada menos...!- que ya cerró sus puertas hace años, pero cuya propietaria, Isabel, mantiene con su decoración intacta como lo que realmente es: un museo de las palabras que aún visitaron, recientemente, entre otros escritores, César Antonio Molina, Ramón Pernas, Milagros Frías y Alfredo Conde. El manuscrito del que les hablo es la carta con la que Casares acompañó, en su día -ya no sabría decir cuándo fue aquello...-, los libros que envió a Lar Vilar para que pudiesen disfrutar de ellos todos cuantos frecuentaban ese café, lleno de objetos llegados desde todos los rincones del mundo. Bien sabe Dios que fue una hermosa sorpresa, un conmovedor regalo. Por desgracia, la última vez que vi ese manuscrito me di cuenta de que, poco a poco, lo que Carlos escribió en la cartulina dorada se está borrando. En cualquier caso, todo cuanto está escrito habitará el futuro, porque ya no es posible arrancarle su derecho a existir, como hace unos días comentaba Julia Uceda en estas mismas páginas. Y aunque los soportes de la memoria y de lo amado son a veces demasiado frágiles, nosotros, por suerte, no olvidamos.

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