Estabilidad


Parece que habitamos una realidad resbaladiza. Quiero decir: el piso que hollamos es un poco pringoso: conviene andarse con tiento, o con bastones o con muletas. Al más leve despiste, o incluso sin descuido alguno, puede uno acabar tumbado; y, como el piso es deslizante, lo más difícil es volver a alzarse para recuperar la cabal condición de bípedo. Ayer mismo, bajé a la calle y al instante advertí tal dificultad para sostenerme erguido que resolví volver a casa a toda prisa. Como recordaba del colegio que tres puntos definen un plano, me procuré un asiento para sortear un desequilibrio aciago, y hasta repasé los diarios digitales para orientarme, para recuperar la conciencia de mi mismo en ese entorno escurridizo y resbaloso. Y allí estaba De Guindos, que pese a su apellido no se caía, previniéndonos de lo pernicioso que era el procés para la economía española. Y esa era la clave: Puigdemont y los suyos eran quienes desestabilizaban el sistema, lo zarandeaban como la cubierta de un barco en plena zozobra ¡Acabáramos! ¡Cómo no haberlo pensado antes, qué torpe y zote! La corrupción y su entorno -Rato, Granados, Correa, Marjaliza, Zaplana, Rajoy, Aznar, Mato, Sepúlveda, González, Barberá...- no solo no desestabilizan nada, sino que, por el contrario, son quienes confieren firmeza y solidez al sistema. Es precisamente la corrupción la que lo hace creíble, como el imprescindible elemento de verosimilitud de cualquier relato por mediocre que sea. Esto es: hay corrupción, luego el sistema es real, tangible y estable; más aún, presentable: confiable para los mercados, que operan en él como pez en el agua. Gracias, De Guindos, por sacarme del error.

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