Estoy extenuado. Cada mañana me fatiga más el desbroce, la zafra, chico, de las noticias, que se enmarañan y alambican, y el cansancio se acumula; cada día paso más tiempo discriminando los sonidos para desalojar el ruido y localizar la música en la zarabanda informativa: se me obtura el cedazo del criterio, se mella hasta quedar roma la gubia con la que escarbo para encontrar una luz como quien labora para seguir una veta en la madera y esta se vuelve pedernal; hasta aquí he llegado: no puedo más, estoy exhausto. Me rindo. Capitulo sin reserva ante la agenda oficial. Prometo asumir que, en adelante, mi preocupación primera, y casi única, será el seguimiento puntual de las vicisitudes que afligen a Puigdemont, Junqueras y compañía. Me despojaré de mis pequeñas miserias -qué tiempo hará esta tarde, qué peces habrá hoy en la pescadería, qué demonios pasa con los níscalos este año, qué se hizo de los amigos, cómo sigue la familia... ah, por qué cada vez se agota antes la pensión, cómo sigue el desempleo y esa suerte de explotación blanda del trabajo miserable, cómo es posible que sigan en sus puestos los caraduras que llaman terroristas a los paisanos a quienes se les va la mano al quemar zarzales, qué novedades editoriales nos sorprenden, en fin, para qué seguir-. Ni una más: desahuciadas ya todas mis tribulaciones puedo hacer sitio suficiente al 155 (bueno, un rinconcito al prodigio de que ahora los sirios afinan la puntería y ya no matan niños ni civiles, y otro a recordar lo malo que es Maduro y lo seráfica que es su oposición, aunque pierda las elecciones). Qué felicidad, el rebaño -bien pastoreado, se entiende-; qué dicha la fe del carbonero.