El laurel, el oro verde de Ortigueira

ana f. cuba ORTIGUEIRA / LA VOZ

FERROL

I. F.

Dionisia Cela, vecina de Couzadoiro de 93 años, lleva cuatro décadas recogiendo y vendiendo las hojas de este árbol

15 oct 2017 . Actualizado a las 05:00 h.

En el cobertizo de la casa de Dionisia Cela Pardo (Couzadoiro, Ortigueira-1924) el olor a laurel lo inunda todo. Esta mujer de 93 años, vecina del lugar de Corbelle, lleva casi cuatro décadas recolectando hojas de esta planta. «Daquela case todo o vecindario andaba nisto do loureiro, pero agora aquí só quedamos nós e outra casa no Acivido [también en la parroquia de Couzadoiro]», cuenta. Antes se subía a una escalera para cortar con una hoz las ramas, que apilaba bajo el tejadillo de la entrada de su casa para arrancarles las hojas, «só as verdes, que as marelas non valen».

Pero desde hace un tiempo, esta nonagenaria ágil de cuerpo y mente espera a que su hijo, José Pita Cela, y su nuera, Ana Suárez Carrodeguas, talen los árboles con la motosierra -«o laurel, canto máis se corta máis vén», reza un dicho que cita- y amontonen el laurel al pie del banco, donde sigue pasando varias horas al día, eso sí, precisa, «agora con guantes, que non aguantan as mans coma antes». Los tres dedican buena parte de las tardes, desde septiembre, cuando deja de crecer el árbol, hasta mayo, cuando empieza a rebrotar, a este trabajo, «moi suxeito se queres sacarlle algo», apunta esta maestra recolectora.

El kilo se vende a 0,85 euros

«Comezamos con pouquiño marxe, case por entretemento, e agora tamén se paga moi pouco», señala Dionisia. Todo surgió por iniciativa de un empresario leonés que descubrió la abundancia y la calidad del laurel de Corbelle, entre los zarzales, y les enseñó a los vecinos cómo recogerlo. Ahora venden a una firma de Betanzos, Central Galicia de Plantas Medicinales, que retira las hojas ensacadas cada jueves. «Levará unha media de 70 ou 80 quilos á semana, dan moito que xuntar [porque las hojas son ligeras], e páganos a 0,85 céntimos de euro o quilo», indica Ana, que aprendió el oficio de su suegra. «Gasto non hai, agás o tempo, o que deixa é libre», apostilla Dionisia, que compagina lo que en su caso es una afición, con el paseo.

Dionisia trabajó toda la vida en el campo. «Eramos labradores, había que ir ao mulime, sacar o esterco, alindar as vacas e botar a colleita [este año, la polilla guatemalteca los ha dejado sin patatas, ‘aínda que aquí non houbo nada diso’, aclara su hijo]», recuerda. Pero la aldea bullía de jóvenes. «Iamos andando ás festas e faciamos foliadas os domingos, meu irmán Ricardo tocaba a gaita e os dos Carrís, o acordeón... Tamén faciamos a esfolla do millo e miña nai tiña un tear e había que tascar o liño, que se recollía aquí», relata.

«

O que máis estraño é a xente

»

Si algo añora es la gente: «É o que máis estraño, ver isto baleiro, se houbera quen viñera traballar as terras...». En Corbelle, a diario viven ocho personas (en vacaciones aumentan los vecinos), de las 35 que llegaron a ser. Muchos acudían cada noche a ver la televisión a casa de Dionisia y su marido, Eugenio Pita, la primera que se instaló en el lugar, y bromeaban tiznándole la cara con el hollín de la chimenea al que más se distraía con las imágenes.

«Aquí todos casamos con xente de aquí», comenta, y evoca el molino de agua con el que generaban luz; los carros silbando por los caminos; las ferias de San Claudio, donde vendían «os ovos e os pitos»; «as peixeiras que viñan coas cestas berrando ‘cabezudas’, e despois o corno que tocaba Modesto do Orillamar para avisar de que chegara co peixe». «E a guerra, que é o peor, con dous irmáns nela, e despois o ano da fame, requisándoo todo...». Nada se escapa a la memoria de Dionisia, sin apenas levantar la vista de las ramas de laurel.