Cualquier día. Por ejemplo, el miércoles por la mañana. En la playa de O Rodo, el mar dormita, y la calma convoca inapelable una escritura en desuso, relamida, impresionista y avejentada. Ahí va, pues. Las ondas son mínimas y apenas merecen llamarse olas cuando trastabillan sobre la arena. El sol despabila las lentejuelas salinas, que, al bullir, destellan andanadas de chispas cerca de la orilla. En la costa, ya no queda rastro de espumas, quizá atisbos de dientes blancos de efímeras y pequeñas sonrisas bajo el bigote ennegrecido de las rocas. Solo hacia el fondo y también a lo ancho, el agua hormiguea con un sarpullido de protuberancias que al nacer ya se desvanecen para hacer sitio a las nuevas, como un inabarcable plof plof que remeje en una ciclópea olla de fabada acomodada sobre fuego pusilánime. Muy lejos, en lo más remoto, un gas lechoso yace sobre las aguas de un azul que solo lo es por momentos, tal vez porque refleja un cielo filtrado entre hilachas de cirros y apuntes de estratos recién formados. En el aparcamiento de Marnela se aletargan confinadas decenas de caravanas como caracolas en un secarral, rodeadas de un endeble mobiliario plegable y de las pieles de neopreno rendidas al sol; y surfistas como leones en el horno de la sabana, en relajada vigilia, esperando que el mar de Pantín se rehaga y arme sus paredes interminables, su ola larga y persistente, para usurpar el territorio. La gacela thomson del oleaje puede saltar en cualquier instante, pero hasta entonces toca mirar y desear, quién sabe si recordar también. La playa hoy desdeña el surf: prefiere a los bañistas, se amansa, maternal, para los niños; y se deja manosear.