Es un mal extendido. De norte a sur en las costas de nuestro país. Actúa como un verdadero imán para la gente. Ya puede haber cientos de metros de arena disponibles en donde depositar la toalla y los bártulos que no falla. Habrá siempre quien vaya a abrigarse -y digo abrigar porque parece que van buscando el calor humano- al lado de donde nos encontremos. No es que una sea una antisocial, ni mucho menos. Admito que las playas son espacios públicos para el disfrute colectivo y en las que hay que asumir las desventajas muchas veces de la elevada afluencia de visitantes a los arenales, pero de ahí a verse rodeado cuando uno divisa a este y oeste una amplia franja de espacio disponible, va un trecho.
Es más, somos más que comprensivos. Entendemos que un día en el que sopla viento es poco provechoso caminar hasta el ecuador de las playas de San Xurxo y Esmelle o entre Outeiro y Penencia buscando un sitio alejado si se quiere disfrutar de una tarde calma de playa. Por ello, entendemos que la mayor parte de la gente se concentre en las zonas más resguardadas. Hasta aquí todo correcto. Es ahí en el que tendrá que alejarse el que quiera ir de solitario, pero lo que no es entendible es que con buenas condiciones y habiendo espacio disponible, acaben por salirnos ruidosos vecinos de toalla. Por no hablar de los que se creen que están en la cocina de su casa, con la música del móvil a toda pastilla, ante la atónita mirada de los que se encuentran a su alrededor.
¿Quién entendería que, habiendo plazas de aparcamiento disponible, alguien nos deje su coche durante horas en doble fila pegado al nuestro?