Los zombis


Como ustedes saben, el mundo del cine acaba de perder a George A. Romero, el creador, entre otros muchos títulos, de ese clásico entre los clásicos que es La noche de los muertos vivientes, una película de terror que resultó decisiva a la hora de situar a los zombis, en el ámbito de la ficción, en el lugar que ocupan hoy. Romero había nacido en Nueva York en el año 1940, pero como ustedes tampoco ignoran sus orígenes estaban a este lado del mar. Concretamente, en el municipio de Neda. Y, para ser más exactos aún, en el lugar de A Mourela, de donde era su abuelo. Colaboró, entre otros muchos creadores, con Stephen King y con Darío Argento, y en su obra no faltan los homenajes al mundo del cómic. Pero lo verdaderamente sustantivo, me parece a mí, es que George A. Romero, tan unido al imaginario de la llamada y no siempre bien comprendida Serie B (y a mucha honra: todos los que somos también de serie b estamos muy orgullosos de serlo), supo convertir el terror -y el humor- en una manera muy inteligente de criticar el auténtico rostro de la condición humana. Un rostro terrible, siempre. Afirmaba que los verdaderos malos eran los vivos, no los muertos, y no podía estar más en lo cierto. George A. Romero era pariente, entre otros, del director del Centro Galego de Artes da Imaxe, el ferrolano Guillermo Escrigas, y dos ramas de su familia están muy unidas también a la ciudad de A Coruña, donde vivieron unas tías suyas que por lo visto le ayudaron mucho cuando daba sus primeros pasos en el séptimo arte, y a la parroquia aresana de Caamouco. Sabía bien que en la tierra de sus abuelos deambulaban por los caminos, y no siempre invisibles, las almas en pena.

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