Batirse en duelo


Pues precisamente ahora, cuando la ciencia nos dice -a los últimos estudios me remito- que no solo no es malo tomar varios cafés al día, sino que hacerlo trae consigo grandes beneficios, es muy conveniente, me parece, y quizás más necesario que nunca, que las alabanzas no se le canten solo al café, sino a todo cuanto lo rodea. Quiere decirse, con esto, que si bien es cierto que las bondades del café, tanto las ya conocidas de antiguo como las recién proclamadas, pueden apreciarse en toda clase de circunstancias, no debiera olvidarse, tampoco, que no hay café más sabroso que el que se toma, en animada conversación, al lado de buenos amigos, ya sean estos de carne y hueso... o de papel y de tinta. Releo estos días el Diario íntimo, verdaderamente magnífico, de César González-Ruano, para mi gusto particular una de las más brillantes plumas de la lengua castellana, con independencia de las no pocas sombras que rodearon al personaje. «En este país y en esta profesión horrenda siempre se está empezando», decía Ruano, de quien Francisco Umbral cuenta que llegaba al café, que de costumbre era el Gijón, a eso de las nueve de la mañana, y que, antes de ponerse a escribir, «se proveía de cigarrillos egipcios, a juego con las uñas lacadas». Tomaba el café en «vaso largo». Y escribía con estilográfica, claro. Bueno, el caso es que hoy, en un café que no era precisamente el Gijón madrileño, pero sí uno de esos establecimientos ferrolanos del centro de la ciudad que también son muy literarios, me encontré con el profesor Víctor Alonso. Y no hablamos de Ruano (cosa que quedaría muy bien en el artículo), pero sí de Carlos V, y de cómo quiso batirse en duelo con el rey de Francia.

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