Aunque cocinero antes que fraile, leo en diagonal las secciones de hemeroteca de los diarios y de una manera particular la de éste, que es el mío, porque es un ejercicio que me auxilia en la fijación de los recuerdos, en el juego interminable de extraer cerezas del cesto de la memoria; como de una chistera sin fondo. Es una práctica de riesgo: entre los racimos entrelazados puede germinar el aroma acre de la melancolía, no digo ya de la nostalgia: los hechos están asociados a personas -las noticias tienen cara, decíamos en el oficio al que aludí al principio-, y estas no son eternas. Pero es un riesgo que se asume con sosiego y, al plegar el periódico, si fuese preciso, siempre tiene uno a mano como antídoto a la aflicción los versos de Wordsworth y su ya eterno esplendor en la hierba. Busco en ese escenario variopinto, entre la maraña de hilos y cabos sueltos que forman el rastro intransferible de cada uno en su paso por la vida, al Wally que fui en cada coyuntura que sugiere la hemeroteca, y a tantos otros Wallys que completan la escena y la hacen posible. Cuántos rostros en blanco, cuántas identificaciones borrosas, cuántas perdidas, cuántos espacios vacíos. También cuántas sorpresas, cuántos regalos del pasado, cuántos quién te ha visto y quien te ve, cuántos qué se hizo de... en fin. Esta matinal lectura aquilata las evocaciones, las ajusta y las encaja en el relato que nos construye, y, sobre todo, las limpia de los desenfoques y las perspectivas subjetivas y emocionales de la memoria. Nos pone los pies en la tierra, y en caso de desazón, el poeta inglés al rescate: «no debemos afligirnos /porque la belleza subsiste siempre en el recuerdo».