El amor a lo conocido


Desde hace mucho tiempo sé que los mejores paisajes que yo pueda contemplar tienen que tener un río. Grande o pequeño, rápido o lento, pero un río, con toda la vegetación que le es propia, y que no falten los cantos y el rebullir de los pájaros. Sé que hay gente que no puede vivir lejos del mar, falto de esa sensación de la inmensidad de agua y del misterio del horizonte que lo recorta. También me gusta, claro, porque vivo al lado de una ría hermosísima, que se protege del Atlántico más rotundo y espectacular. Lo que pasa es que nunca se borró de mis retinas ni de mi mapa sentimental el paisaje con río de mi pueblo: un río al que los celtas pusieron nombre y que los romanos supieron utilizar para alcanzar el mar de Noia. La poca distancia que separa el río Tambre de mi casa natal hizo que siempre lo considerase como un miembro más de la comunidad vecinal y es, por lo tanto, uno de los parajes naturales que mejor conozco. Por eso, cada vez que me acerco hasta su orilla, siento la emoción de siempre, intensificada ahora por la lejanía y la ausencia. Además, sigue siendo el mismo: ha ido cambiando el entorno, pero no el río. Y el olor natural y profundo que exhala también ayuda a entender el enigma de la existencia.

En un viaje reciente estuve paseando al lado del Tajo. Un trecho por la ribera derecha, otro por la izquierda, mirando con atención su lento discurrir. Sus mil kilómetros de recorrido (ochocientos por seis provincias españolas, y el resto por Portugal) hacen del Tajo un río solemne y respetado, integrante de la alta aristocracia fluvial. Un río que defendió a Toledo de ataques e incursiones enemigas; que contribuyó al florecimiento de Lisboa, que fue cantado por el poeta Garcilaso y retratado muchas veces por El Greco… Todo esto pensaba yo mientras paseaba por sus orillas, pero no lograba ver esa grandeza que se le supone a río tan celebrado. Al contrario, por Aranjuez, desde donde yo lo observaba, parece un río artificial, sometido por el gusto afrancesado de los diseñadores neoclásicos de jardines reales. El brío que se le supone, por nombre e historia, el empuje que debe de tener cuando empieza a descender la sierra de Albarracín, en donde nace, allá entre Cuenca y Teruel, lo ha perdido en aras de la estética, con unas orillas muy cuidadas, con un sometimiento dócil a la mano del hombre. Y en este punto me acordé de nuestro Tambre, con menos nombre, con menos agua, con menos recorrido, pero con su personalidad intacta a través de los tiempos. Sus riberas están llenas de vida, sus aguas reflejan con autenticidad cada trecho por el que pasan, sean pinares o sotos, sean huertas o tierras de labradío. Cuando tiene que desbordarse se desborda, sin importarle mucho los sembrados que inunda ni los estropicios que acarrea. Es su venganza ante quienes lo empantanaron para especular con su agua, a pocos kilómetros de la desembocadura en el mar. Con el fresco de la primavera da las truchas que tiene que dar; se vuelve amable en verano; hosco y misterioso, oculto en la niebla que genera, durante el largo invierno. Esta es la época en que, si se presta atención, pueden escucharse, desde la orilla, los rezos milenarios que traen sus aguas desde el convento de Sobrado dos Monxes, su lugar de nacimiento, así como el ajetreo de las faenas diarias en los castros celtas que contemplaron su paso.

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