Herencias


Ferrol

En este 2017 los derechos de autor de varios escritores españoles quedan a disposición pública, por haber transcurrido ochenta años desde su fallecimiento. Entre otros, nada menos que Unamuno, García Lorca y Valle-Inclán. Creo que para los lectores es una buena noticia, porque se multiplican las posibilidades de difusión de sus obras. Incluso para los propios autores será beneficioso: las obras de Flaubert, de Tolstoi, de Dostoiesvki y de otros grandes escritores se han difundido y popularizado por todo el mundo sin duda por su calidad, pero también ha ayudado la libertad que los editores de distintos países y lenguas han tenido para editarlas y traducirlas sin rendirle cuentas a nadie.

El patrimonio literario de escritores como los citados es muy valioso y sus derechos han generado para sus herederos unos merecidos ingresos. No fue así en el caso del escritor Alejandro Sawa, sobre el cual acabo de leer un reportaje curioso en una revista literaria. Resulta que su nieta política, hoy una anciana, pretende vender las pertenencias del escritor, en su momento un célebre personaje de la vida literaria madrileña. Ella vive precariamente y quiere sacar algo útil de las dos carpetas que el abuelo de su marido ha dejado a los descendientes.

Dos humildes carpetas de cartón, con dos gomas como cierre de seguridad.

Alejandro Sawa fue un escritor sin éxito, que murió pobre y olvidado de todos en Madrid, en 1909. Autor de novelas -entre el naturalismo y el folletín romántico- y de algún drama menor, lo más notorio suyo fue un libro de impresiones, recuerdos y semblanzas, Iluminaciones en la sombra, que se editó al año de su muerte. Amigo de escritores famosos, Sawa se hizo célebre en la literatura española por haber servido de modelo para un personaje de Pío Baroja -Rafael Villasús, en El árbol de la ciencia- y, sobre todo, por ser el referente real del gran Máximo Estrella, protagonista del esperpento valleinclanesco Luces de bohemia (1920). En esta obra de teatro el personaje literario engrandece y magnifica para siempre la dimensión del hombre real. En ella, Alejandro Sawa (Max Estrella) aparece como el último bohemio, rodeado de esa aura fatal de perdedor que presidió toda su vida. El artista bohemio de principios de finales del XIX será transformado ahora por Valle-Inclán en un marginado de la sociedad burguesa, a la que combate desde planteamientos estéticos y anárquicos. Es un tipo ya diferente al otro gran personaje de Valle, bohemio y romántico, galante y burgués, que fue el Marqués de Bradomín, creado casi veinte años antes que Max Estrella, y cuyo referente real fue el propio Valle-Inclán. Son dos bohemios considerablemente distintos.

En esas carpetas de Sawa que la nieta ofrecía a los merchantes, lo que había era volátil, sin valor material, sin cotización fija: un poema de Rubén Darío dedicado a la hija de aquél, un grabado de Verlaine con un soneto dedicado, una foto de Carlos Marx y otra de Baudelaire, dos cartas de Valle-Inclán, un autógrafo de Pérez Galdós, cartas de acreedores, hojas sueltas de periódicos... La herencia que dejó este indomable artista y bohemio tiene muy poco que ver con el patrimonio literario de los grandes escritores citados, aunque él lo haya sido a su manera. Borges consideró a Sawa como el mejor escritor español de principios del siglo XX. De poco le sirvió a su nieta.

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