Cuánto me acuerdo ahora de los que habitan lo que nosotros llamamos muerte; de quienes ya saben lo que, antes o después, también nosotros sabremos. Uno cree firmemente que los muertos o están con Dios o no están en ninguna parte, la verdad es esa. Pero como nació donde nació, y aun sin dejar de estar plenamente convencido de que las almas, al abandonar este mundo, buscan siempre la Luz Eterna, a veces también tiene la sensación de que quienes ya marcharon dejan tras de sí un leve rastro, en forma de sombra, que camina a nuestro lado, aunque casi nunca logremos verlo. ¿A quién no le vienen estos días a la memoria más que nunca sus muertos?, permítanme insistir en ello. Y quién no piensa en el lugar donde yacen sus restos. Los suyos... y los de los demás. «Todos somos parentes de todos os defuntos», decía el poeta, sabiamente. El cementerio de Sillobre, el que está donde la Ulfe -hermoso nombre ese, Ulfe, que unos dicen que es del tiempo de los suevos, y otros que es todavía más viejo-, es un camposanto pintado de blanco, siempre iluminado, que resplandece especialmente durante la noche. Y eso permite verlo a gran distancia, lo cual es una manera más de tener presentes -también bajo las estrellas, o cuando ni estrellas hay, siquiera- a quienes yacen entre sus muros. Allí descansa mi madre, y descansan los padres de mi madre, y descansan también sus abuelos. Yo voy a ese cementerio sobre todo a las horas en las que el lugar permanece envuelto en el mayor de los silencios. Pero me reconforta saber que estos días, como cada año por estas fechas, volverá a llenarse de flores y de velas y de plegarias que a veces llegan de muy lejos.