El día de la investidura fracasada de Rajoy como Presidente del Gobierno, me senté a ver el telediario para enterarme de los pormenores de la sesión. Breves cortes de las intervenciones de los líderes políticos, y desde mi sofá iba yo adelantando casi palabra por palabra lo que cada uno iba diciendo. Y es que ya nos sabemos sus discursos de memoria. Casi un año repitiendo lo mismo y, con la excepción de Albert Rivera, de ese guion no se mueve nadie. Después de esta información, dieron la noticia de que en Buñol, un pueblo de Valencia, se había celebrado, también ese día, su gran fiesta del verano, una de las más absurdas del mundo. Esa que consiste en dilapidar 170.000 kilos de tomates arrojándoselos unos a otros, al emocionante grito de «tomate, tomate», repetido por 50.000 gargantas que se concentran para celebrar una actividad tan creativa y artística.
Instintivamente, asocié las dos noticias como la medida esperpéntica de este Ruedo Ibérico en el que vivimos. Y sentí unas ganas irrefrenables de ser sueco o danés, de una gente con menos moreno de playa, pero con más sentido común en el cerebro. Los dos hechos demuestran que en este país no sirvió de nada que aquí hubiese gente ilustrada como Jovellanos o como los de la Institución Libre de Enseñanza, por citar sólo dos ejemplos, que lucharon por imponer los valores de la razón sobre la ignorancia y el rencor. De poco sirvieron, también, los avisos que, en su momento, nos dejaron otros, como Goya con sus pinceles o Antonio Machado con su pluma.
Porque me preocupa más, me gustaría dedicarle las líneas que me quedan al grave asunto de la investidura provocado por nuestros políticos. El bloqueo institucional que la izquierda y la derecha están empeñadas en mantener en pie (en «sostenella e non enmendalla»), sólo se explica si aceptamos que en España aún no hemos logrado superar los efectos de la Guerra Civil. Que no somos capaces de enterrarla. Y la prueba es que esto no pasa en ningún otro país europeo. Seguimos con las banderías políticas que tanto daño nos han causado. Superar esta maldición histórica es hoy en día la primera obligación de nuestros políticos. Y ahora mismo la pelota está en el tejado de la izquierda. El «No» permanente del PSOE al PP cada vez que este intenta un acercamiento para lograr su abstención en la investidura, pudiera entenderse, en un primer momento, como una cuestión de principios. Pero, si Sánchez no tiene posibilidades de liderar una alternativa de gobierno con los restantes Partidos -que esa sería la otra salida válida- no puede seguir insistiendo en su cantinela cerril. Porque eso se llama bloqueo a todo un país, y se nos condena a unas vergonzantes terceras elecciones, que pagaríamos todos muy caras. Empezando, sin duda, por el propio PSOE. La situación del país no está para que perdamos más tiempo en discusiones ideológicas y en reavivar odios históricos que hay que superar de una vez por todas. Y el PSOE, en vez de desentenderse de la situación como si no fuera con ellos y mirar para otro lado, lo que debería hacer es actuar con sentido de Estado y hacer valer ante el PP su abstención, exigiéndole a Rajoy una serie de compromisos de tipo social, laboral, fiscal, educativo, etc., que repercutan en el bienestar de todos los españoles.
Es el camino más provechoso para todos. Aunque no todos lo entiendan.