Hace algún tiempo, se agrietó el cofre de las palabras de uno de mis amigos más nobles y admirados desde hace muchos años. Al principio, pues era tan copiosa y florida la variedad que almacenaba, no advirtió que por la rendija se aventaba el tesoro verbal. Cuando, después de remejer en el contenido de su caja de las palabras, alguna se le mostraba fugitiva y escurridiza, lo atribuyó a cierto despiste, a un descuido en el escrutinio. Al reiterarse el fracaso, conjeturó que algunos verbos escamoteaban intencionadamente otros y así resultaban estos ilocalizables. Más tarde, dio en pensar que en realidad había términos caníbales que devoraban lo que hallaban a su alrededor, no necesariamente de la misma raíz o de parentesco semántico, como una cacería alocada y suicida entre vocablos. En esas circunstancias, mi amigo, se veía incapaz de armar los retruécanos, las paráfrasis, los epigramas o las sentencias que hasta entonces le brotaban sin fin y con tal fulgor que revelaban una inteligencia incandescente, ágil y fuera de lo común. El manantial que alumbraba el vocabulario se le fue agotando y el incendio del lenguaje calcinó hasta las palabras más triviales y vulgares, las más íntimas y entrañadas, las más próximas y antiguas, las del afecto y la ternura, las de la amistad y la fuerza, las del amor, las de la ira, las del combate. Tal vez queden aún a salvo de las llamas, cerca del corazón, un puñado de palabras, aquellas que dicen quien somos, aquellas que nos nombran, aunque mi amigo no alcance a pronunciarlas. Sé que las sintetiza en la mirada: son las palabras que no se gastarán nunca, las que subliman el lenguaje. Jesús, qué dolor.