Nunca he entendido muy bien por qué hay tanta gente que considera dificilísimo, cuando no imposible, llegar a saber quiénes son de verdad sus amigos y quiénes no. Y digo que no lo entiendo porque, en mi opinión particular, el asunto no entraña dificultad alguna. Solo hay que esperar un poco, ya que por desgracia a la vida no suelen dolerle prendas a la hora de poner a prueba la solidez de cuanto nos rodea, y por lo general lo hace con cierta prontitud. Cuando las cosas se tuercen, cuando todo se derrumba o parece querer derrumbarse, es cuando mejor se percibe quiénes son los amigos que merecen tal nombre. Pero, por si a alguien no le bastase con esa prueba -y qué palabra tan fea es esa, prueba; qué mal suena cuando se está hablando de la amistad-, hay otra que no deja ya lugar a duda alguna: ver cómo reaccionan quienes te rodean cuando la suerte te sonríe. De todas formas, yo, particularmente, creo que la amistad no ha de ponerse a prueba nunca. Porque es algo que ha de estar muy por encima de las miserias de cada día. «Recuerda todo lo que habéis cabalgado juntos», decían (bueno, o dicen que decían...) los indios norteamericanos cuando la vida daba uno de esos golpes a los que nos hemos referido antes ya, y de los que nadie está a salvo. Claro: todos echamos de menos a los amigos que han marchado a lo que nosotros llamamos muerte, y en esos momentos nos preguntamos por qué nos quedó tanto sin decir. Supongo que eso es inevitable. Pero el dolor debería servirnos, al menos, para aprender a valorar el recuerdo que nos legaron. Y para saber estar a la altura de quienes continúan a nuestro lado, antes de que ya sea demasiado tarde.