Horas largas


Para que uno pudiese leer de verdad todos los libros que se ha prometido leer en agosto, este mes no tendría que tener 31 días, sino unos cuantos cientos, y mejor todavía si fuesen mil. Sin embargo, no hay que caer en la desesperación. Porque para que la benéfica influencia de los libros llegue hasta nosotros, no siempre es necesario abrirlos. Lo mejor es leerlos, claro que sí. No obstante, a veces tampoco es malo soñarlos, ya que soñar los libros escritos por otros es una manera más de caminar entre sus páginas, o al menos por sus alrededores. El Quijote, sin ir más lejos, es el libro en el que medio mundo cree haber leído lo que Cervantes no habría escrito jamás. Lástima que, mientras tanto, a esa misma mitad del mundo le pasen desapercibidas -o esa es la impresión que da- cosas que el más grande novelista de todos los tiempos desearía haber subrayado. Pero que no nos salgan tantas ramas. Volvamos a lo que realmente nos ocupa, que es la lectura -o la no lectura- estival. Yo, si ustedes me aceptan una sugerencia que en realidad es una petición, les propondría que este mes, para conmemorar el cuarto centenario de la muerte de Cervantes, tengan siempre un Quijote a mano. Y que de vez en cuando, cuando les apetezca, lo abran por cualquier página, al azar, y lean unas líneas, por mucho que ya hayan leído y releído el libro. Nunca se puede estar demasiado lejos del Quijote, pero cuando las horas se alargan conviene tenerlo al lado. Mayormente, durante los momentos de soledad. ¿Y para la playa, dicen? Bueno, yo, para la playa, les sugeriría, más bien, una novela policíaca de Arnaldur Indridason, que es un excelente escritor islandés, como ustedes muy bien saben.

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