Sosiego

José Varela FAÍSCAS

FERROL

31 jul 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Vuelvo a Raul Brandão, a su balsámica prosa impresionista abrillantada por la traducción exigente e infatigable de María Tecla Portela. El retorno lo fuerza a veces la melancolía. Refuerzo la convicción de que una palabra vale más que mil imágenes al enfrentarme a la inabarcable paleta de colores del escritor portugués, desempolvado del olvido por el editor coruñés Eduardo Riestra. El sosiego que inoculan sus imágenes de las Azores y Madeira -As Illas Desconhecidas-, las descripciones puntillosas de los paisajes y marinas, los retratos de los cazadores de ballenas, las etéreas pinceladas del aire oceánico, los claroscuros de los farallones y roquedos son paz en estado puro. Inyectan serenidad en el ánimo hasta hacer ingrávido el mismo soporte bibliográfico, como una mariposa más, para dejar solo el recuerdo, la estela, el ronsel manuelantoniano, y la espuma del verbo; como hiciera antes en Os pobres y Os pescadores. El embrujo de la belleza transmuta la realidad áspera y sin duda injusta de la población del archipiélago a la altura de 1920 en un universo dulcificado por la magia de las palabras. Tal vez lo más humano de cuanto creemos poseer. Palabras que a veces envilecemos al reclutarlas para fines alicortos y cutres, para imposturas y refriegas innecesarias en lugar de alistarlas al servicio de ideas que no afrenten la inteligencia, que ayuden a hacernos mejores. Estamos doctorados en la intransigencia. Textos como los del escritor de A Foz do Douro son un refugio seguro para recuperar la humildad, traspapelada por la soberbia. Si Rulfo nos reta y nos tensa, Brandão nos reconcilia, nos auxilia en la inevitable expiación cívica.