Don Arturo se ponía hecho una furia cada vez que oía hablar de Darwin y de la evolución de las especies. Era nuestro profesor de Ciencias Naturales en el colegio y a nosotros nos hacía gracia ver cómo al enfadarse se enrojecían sus mejillas y sus orejas, y escuchar los improperios que salían por la boca de aquel cura ultramontano. Las únicas y verdaderas explicaciones del origen del hombre, aseguraba con énfasis, están en la Biblia. «Y muy claro se dice en el Génesis: el hombre fue creado por Dios a su imagen y semejanza, después de modelar su figura en barro, y a la mujer la hizo de una costilla del hombre. Y no hay más que hablar, o ¿vamos a creer antes a un ateo, que por encima es inglés, que a la palabra revelada por Dios?» Y don Arturo nos miraba con furia inquisidora, como si hubiese entre nosotros algún sospechoso darwinista. En su ingenuidad, no entendía que a unos niños de trece años -y de aquella época- les daba igual que procediésemos del barro o del mono: los dos supuestos nos resultaban igualmente inexplicables. Y, además, tampoco estábamos para sutilezas de distinguir entre fe y ciencia. Bastante teníamos con lo del «ablativo absoluto» y el «cum y subjuntivo» de la clase de latín?
Hoy me acordé de don Arturo -que a pesar de ser un cura integrista, era una buena persona- al ver en el telediario a un Donald Trump enrojecido de cólera por una pregunta que le acababa de hacer una periodista. Era sobre Darwin, aunque no sé qué le preguntó exactamente. Pero por su reacción y por los gritos con que la increpó, parecería que le había mentado al mismo diablo. Su rostro encolerizado me recordó al bueno de don Arturo y me pregunté a mí mismo qué pensará un tipo tan primitivo, tan superficial y tan sin cultivar como semeja ser este Trump de la teoría evolucionista de Darwin. Más o menos me lo imagino: estará en la línea de lo que se enseñaba en las escuelas de Texas hasta hace unos dos o tres años. Hasta entonces, los niños de este Estado sólo conocían sobre el tema las explicaciones que da la Biblia, y se les escamoteaba durante el período escolar la posibilidad de reflexionar sobre la teoría científica de Darwin. Su obra, El origen de las especies (1859), no existía para las autoridades educativas de ese Estado, por otra parte uno de los más conservadores de la nación. Claro que, a lo mejor, tampoco les importaba mucho, como a nosotros a su edad. Además, estos niños están mucho más entretenidos: nosotros jugábamos a policías y ladrones con pistolas de plástico o de madera, pero ellos tienen la oportunidad de hacerlo con rifles y pistolas de verdad, las que sus padres guardan y coleccionan en un armario de la casa. Y ya que lo menciono, la noticia del secuestro de Darwin de las escuelas públicas tejanas hasta ayer mismo, no deja de ser sorprendente en un país tan desarrollado industrialmente, con una tecnología puntera, en un estado muy rico, que tiene, además, en Houston, cuatro Universidades públicas y dos privadas de un contrastado prestigio. Desde aquí nos cuesta entender cómo, en este tema, han prevalecido las explicaciones creacionistas de la Biblia sobre la teoría evolucionista avalada por la ciencia. Pero nos cuesta más entender cómo un país como EE.UU. puede pensar en llevar a la Presidencia a un personaje como Trump, más cerril que nuestro don Arturo, y peor persona.