Según nos adelantan los periódicos, los hosteleros y las oficinas del sector prevén que este verano lleguen a España más turistas que nunca. Un turismo que ya conocemos: una especie de legiones invasoras, integradas por gentes de todas las edades, armadas con artilugios de última tecnología para inmortalizar su presencia en playas y terrazas marítimas. Cualquiera que viaje en estas fechas a cualquier punto de nuestras costas se va a encontrar con incómodas aglomeraciones, con excesos y jolgorio, que no ayudan ni a disfrutar de nada ni a descansar. Es cierto que el dinero que trae el turismo ?la principal industria de este país- es muy necesario para una economía precaria como la nuestra. Y que tenemos unas condiciones naturales excelentes que ofrecer; y que hemos logrado una infraestructura hotelera y gastronómica muy importante, que hace de nuestra geografía algo muy apetecible para esos europeos que vienen del frío del norte y que comen a diario alimentos congelados. Pero el precio que hemos pagado fue muy alto: hemos bombardeado con cemento armado a discreción nuestras costas, principalmente las mediterráneas, arruinando de forma irreparable la belleza de los paisajes naturales. Claro que la culpa no se les puede echar así, sin más, a los turistas. Tiene nombre y apellidos muy españoles, que van desde aquellos alcaldes ineptos, franquistas y ya no tan franquistas, hasta los especuladores inmobiliarios que inundaron de ladrillo y de feísmo todo lo que se les puso a tiro.
Pero, en realidad, el turismo actual, el que cada año nos encontramos en las playas, en lugares históricos y hasta en museos, no es más que una muestra de la frivolidad de nuestro tiempo. Antes se viajaba para conocer, o en todo caso, los viajeros sabían a dónde iban y por qué. Ya los celtas enfilaron el camino hacia el finis terrae en un intento de conocer el Más Allá y lograr entender lo ininteligible. Y millones de cristianos se pusieron en marcha hacia los Santos Lugares o se echaron al Camino de Santiago movidos por sus creencias, no exentas de aventura y curiosidad. Hoy da la impresión de que una gran mayoría viaja para decir que viaja y para traerse a casa en el móvil unas fotografías que atestigüen que estuvo allí.
De todas formas, y tratando de ser objetivos, tenemos que reconocer que en España le debemos mucho al turismo y que, por lo tanto, sólo podemos criticarlo en voz baja y entre nosotros. Y no sólo por las razones económicas que ya apuntaba más arriba, sino por algo de mucha más enjundia. Y es que los primeros turistas extranjeros que empezaron a llegar a nuestro país a principios de los años 60 -organizados ya en vuelos chárter y con estancias por semanas- fueron un balón de oxígeno para los jóvenes españoles del momento, pues nos trajeron la visión de nuevas formas de vivir y un aire de moderna libertad. Descubrimos con asombro los primeros biquinis, la idea de la igualdad de sexos, los libros de Sartre que cualquier chica francesa llevaba en la bolsa de la playa, la naturalidad en el trato entre unos y otras. Gracias a estas chicas europeas muchos universitarios españoles entraron por primera vez en un museo, y gracias a muchos profesores alemanes y anglosajones empezamos a darle importancia a nuestra cultura popular. Aquellos turistas nos pusieron en la modernidad. Hoy, sus nietos ya solo nos aportan dinero.