Confusiones sonoras


Ferrol

Cada año, a medida que va entrando el verano y visito más mi pueblo, me doy cuenta de que están desapareciendo aquellos sonidos naturales con los que fuimos creciendo todos los vecinos. Eran sonidos viejos y familiares, que se originaban en la propia Naturaleza o en los oficios bíblicos que se extendían por todo el valle: el martilleo del carpintero en el tejado de una casa; la paleta del albañil luciendo la pared de una vivienda; la campana solemne de la iglesia al caer la tarde, anunciando el comienzo del rosario; el rebuzno del burro de Juan, el panadero, inconfundible y puntual, mediada la mañana? Los oficios han cambiado, la devoción por rosarios y novenas fue a menos, y, por supuesto, ya no queda rastro de los rebuznos, ni del burro, ni siquiera del panadero.

Pero lo más lamentable es que han desaparecido, también, los sonidos naturales, tan variados y armónicos, que se podían disfrutar en campo abierto.

En el reducto de la huerta familiar quedan unos mirlos con mucho pundonor, que se esfuerzan por mantener su dignidad de pájaros cantores, pero paseando los senderos que bordean el río o los caminos que llevan al monte, uno se da cuenta de que el ambiente sonoro está incompleto, de que allí, en aquel medio donde siempre hubo bullicio y algarabía, hay un hueco que no lo puede cubrir el silencio. No se oye el ronroneo cadencioso de la tórtola, no hay rastro del canto intermitente y melancólico del cuco, ni del croar monótono de las ranas en el río, ni del alegre canto de los grillos en los prados desiertos. Hasta los perros se han vuelto silenciosos y ya ni siquiera ladran por ladrar, para matar el tiempo, como hacían los de la Terra Chá, en el poema de Manuel María.

Este lamento bucólico viene a cuento de una experiencia vivida recientemente en uno de esos paseos envueltos en silencio.

Ensimismado en estos pensamientos que he apuntado, me sonó el móvil. Le había cambiado el tono el día anterior, eligiendo, entre el amplio muestrario que ofrecen, uno muy fino, que imita el riiing de los teléfonos fijos de antes. Su sonido, además de sorprenderme por surgir de forma inesperada en un lugar que no parece el adecuado para estos artilugios tecnológicos, me confundió porque creí que se trataba del canto de un grillo, ese cri, cri que estaba echando en falta y que siempre fue la banda sonora de los paseos por esos parajes.

Lamentablemente, no era cosa de grillos. Y sentí como una desazón vital, una pesadumbre, al verme cogido a contrapié, con el paso indeciso entre la memoria del pasado y la voluntad de adaptarme al presente. Como si el corazón y la nostalgia mirasen hacia atrás, mientras que el entendimiento y la razón tratan de adaptarse a la realidad del presente. Nos acosan los móviles, los ordenadores, los televisores? Y nos hacen confundir sonidos modernos con los de toda la vida. Como le pasó hace años a un vecino del pueblo, que vivía al lado de la carretera de Santiago, por la que pasaban, entonces, cuatro coches, y él podía gobernar bien la docena de gallinas que andaban sueltas por los aledaños de la casa. Un día, un camión cargado de pinos atropelló a la manada e hizo una escabechina. Al parar, los frenos hidráulicos del coche rechiflaron pssssss?

Y el dueño, creyendo que había sido el camionero, le soltó: «Desjrasiado, chistas agora. ¡Tiña que ser antes, pa que escaparan!»

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