Las lecciones de Lucía


Ferrol

Lucía sueña todas las noches y todos los días. Juega todas las noches y todos los días. Lucía te acaricia el corazón siempre que tiene oportunidad. Y no duda en enseñarle a su hermano, al pillo de Andrés, lo suave que es un abrazo. Lucía no sabe lo que es el rencor. No conoce la codicia ni la vanidad. «Compartir» es una de sus palabras favoritas. Lucía, siempre que puede, le echa un vistazo al periódico por las mañanas. Dice que algunas viñetas le gustan. Otras no. No sabe lo que es el Brexit ni el sorpasso. Y pregunta. Pregunta mucho. «¿Qué son las FARC?» «¿Por qué tiene una capucha y una pistola ese señor de la foto?», «¿De verdad que hay niños que no tienen nada para comer?», «¿Por qué los refugiados no tienen casa?», «¿Esto se puede reciclar?», «¿Por qué están gritando esos señores en la calle?». Lucía sueña, juega, quiere, pregunta y vuelve a preguntar. Lucía siempre tiene una sonrisa para regalar. Siempre tiene un gesto de ánimo para quien cree que lo necesita. Derrama alguna que otra lágrima, también, cuando le hace daño algo que no entiende. «¿Por qué hay guerras?». Rima con su madre. Lucía rima con María. Lucía es una niña de ocho años que no para de darme lecciones. Es buena. Clara como el agua. Sin trampa ni cartón. Yo, cuando sea mayor, me pido ser como Lucía.

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