Leo en este periódico un reportaje curioso sobre la eficaz relación que los conventos de monjas y de monjes han establecido con Internet. La tecnología llega a todas partes, hasta ha logrado escalar los recios muros de la clausura. La hermana Paula, una monja de Armenteira, explica con desparpajo que «en la Edad Media, los monjes iban a las ferias a vender sus artículos. Ahora las ferias se mueven en Internet, y se trata de adaptarse al ritmo de los tiempos sin menoscabar nuestra identidad monástica, que pasa por vivir de nuestro trabajo». Y seguramente tiene razón, pero hay algo que no me encaja en este asunto. Porque yo, desde siempre, tengo entendido que la vida en los monasterios era para apartarse de los peligros del mundo -supongo que también para estar menos expuestos a los del demonio y la carne, los tres «enemigos del alma», decía el Catecismo-, pero también para practicar la oración y la penitencia. Su amor al prójimo les llevaba a rezar constantemente por la salvación eterna de todos los que no somos muy piadosos y, aún por encima, ofendemos con frecuencia a Dios. Lo cual para nosotros era una cierta tranquilidad. Saber que hay gente rezando por uno es como utilizar un tráfico de influencias para el Más Allá, sin ningún temor a que te acusen de prevaricación. Una bicoca, vaya, que me temo que se nos ha acabado con esto del acceso a Internet. Lo que viene a demostrar que no siempre los avances tecnológicos redundan en beneficio del ser humano, por lo menos en el entramado espiritual.
Que los tiempos cambian lo saben ya en los conventos de clausura. Hasta hace muy poco se dedicaban a rezar y a trabajar la huerta o a hacer labores de costura artesanal para las familias que lo solicitaban. También podían vender sabrosos productos de repostería, como las yemas de Santa Teresa o las magdalenas de Santa Rita. Pero esto de tener su propia página web y manejar la Visa o la American Express supone un salto de siglos en la historia de la vida monástica. Yo puedo atestiguarlo porque al lado del colegio donde estudié el bachillerato había -y sigue habiendo- un convento de monjas de clausura. Desde la ventana de mi habitación contemplé muchas veces el trabajo paciente que realizaban en la huerta, protegidas y desconectadas del mundo por un gran muro de piedra. Cuando nosotros nos levantábamos -a una hora exageradamente temprana- ya algunas de ellas andaban enfaenadas con algo entre manos. Para mí tenían el atractivo de ser mujeres de otro tiempo, aisladas de todo lo que a nosotros nos interesaba tanto.
Y toda la huerta, cuidada y llena de flores, tenía una aureola de sencillez y misticismo. Eso eran para mí los conventos de clausura. O también las voces delicadas de las monjas del convento de San Pelayo, en la plaza compostelana de la Quintana, que a las doce en punto del mediodía regalaban a quien se acercase hasta su iglesia, un delicioso concierto de canto gregoriano, ocultas tras las rejas del coro.
Por eso la noticia de su presencia en Internet no deja de inquietarme. Todos sabemos que no es un sitio seguro, que cualquier pirata informático puede entrarles en el convento y hacer barbaridades. Si son capaces de asaltar la página web de la Guardia Civil, qué no podrán hacer con esta gente que no tiene más armas que la oración y la humildad del trabajo... No sé yo.