La identidad y el tiempo

José A. Ponte Far VIÉNDOLAS PASAR

FERROL

13 mar 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Retomé estos días una actividad que había iniciado hace tiempo y que por las urgencias del día a día la fui dejando un poco de lado. Se trata de guardar en un CD las fotografías familiares que están desperdigadas por la casa en álbumes dispares. Del escáner al ordenador, y todo queda más organizado. Algunas, desgastadas y amarillentas, hasta mejoran en el nuevo soporte tecnológico. La otra vez había empezado por las más antiguas, y con ese orden continúo. Al ver las fotos de mis abuelos, de sus hermanos y familiares próximos, me sorprendo porque reconozco rasgos míos en el físico de algunos de ellos. Y hasta creo ver en gestos, miradas y actitudes de mis antepasados, detalles y aspectos de la personalidad de mis hijos.

Toda una lección de genética y de metafísica: somos solo un eslabón, más que breve, fugaz, en la gran cadena humana de la historia. Venimos de un largo trayecto del que van quedando los referentes más recientes. Ahí está mi abuelo materno, con su corpachón orondo en lo mejor de sus cuarenta años, mirándome con una sonrisa amable desde la placidez del Malecón de La Habana, donde vivió gran parte de su vida. Una ciudad de la que nos mandaba noticias sorprendentes, como que había máquinas que lavaban solas la ropa o neveras que conservaban fríos alimentos y bebidas. Una ciudad que le permitió culturizarse y poder disfrutar de lo que luego fue su gran afición, el teatro. Y ahí también me encuentro con el otro abuelo, el paterno, con el que compartí días y noches de mi infancia y juventud, con el que hablé mucho, al que le contaba mis triunfos y derrotas infantiles, el que se fue convirtiendo en puntual consejero y cómplice fiel de pequeñas fechorías.

Y, de pronto, dejo de escanear al encontrar una fotografía mía, en Burdeos, de regreso a España después de tres meses de verano lavando platos en Londres. Me la hizo Javier, amigo y compañero de fatigas, que hace un año emprendió ya su último viaje. Algo me detiene, no sé si es pena, alegría o nostalgia, pero la contemplo y ya no puedo dejar de pensar. Lo dramático no está en el contraste de verse uno en la fotografía, con la juventud desbordante de los diecinueve años, y verse ahora, sentado delante del ordenador, comprobando el estrago que produce el paso del tiempo. Sería demasiado sencillo quedarme en esa reflexión. Lo más preocupante para mí fue contemplar aquella presencia juvenil que me sonríe desde la foto y preguntarme dónde se encuentra aquel chico que he sido y que se fue perdiendo en las esquinas de la vida diaria. Y lo que es aún más peliagudo -seguí preguntándome-: dónde fue a parar aquel que uno, en aquellos momentos, quería ser, porque ilusiones a esa edad nunca faltan. Y es que el vértigo con el que pasan los años nos trae docenas de preguntas sobre la propia identidad del ser humano.

Ya Unamuno hablaba de que en cada uno de nosotros conviven, por lo menos, cuatro personas, cuatro alter ego, cuatro yo: 1) el individuo real, tal como es; 2) el que uno piensa que es; 3) el que se imaginan los demás que es; 4) el que uno quisiera ser. Yo me puse a buscar a aquel que en ese momento quería ser a ver si quedaba algo en su mirada que me lo recordase, pero ya no fui capaz de interpretarlo. Los años transcurridos y las gafas de sol, que con tanta suficiencia llevaba puestas en la foto, me lo impidieron.