Hay escritores que tienen para uno un encanto especial. Leer algo nuevo suyo o volver a releer lo ya leído tiempo atrás, siempre es grato. A veces nos perdemos en novedades literarias que, como sospechábamos, no valían la pena, y sin embargo sentimos pereza para leer a un clásico o para volver sobre aquella novela de tan buen recuerdo, pero casi olvidada. «Lo malo de los libros nuevos es que no nos dejan tiempo para releer los viejos», decía con buen criterio un lector tan voraz como Unamuno. De un tiempo a esta parte, liberado de obligaciones profesionales, no dudo en leer lo que realmente me gusta, que es una manera buenísima de disfrutar de la literatura. Y así fue como esta semana me reencontré con Joseph Conrad. De este gran novelista polaco, que escribía en inglés con la corrección de un titulado en Oxford -tanto es así que hoy figura entre los grandes de la literatura inglesa- yo tenía un gran concepto desde mis lecturas de bachiller, pero ahora, con otra visión de las cosas, me doy cuenta de que era incompleto. Sus obras siguen teniendo el encanto que le vi en aquel momento, pero he descubierto en ellas otras dimensiones, sobre todo morales y humanas, mucho más profundas y ambiciosas de lo que, con aquellos años, podía sospechar. Yo a Conrad llegué, primero, por la insistencia de mi amigo Pablo, en el colegio de nuestra adolescencia. Él era un gran lector y ejercía un poco de guía en las lecturas entre un grupo de compañeros de curso, entre los cuales estaba yo, que siempre me fiaba de su buen criterio. Y después porque, tras haber leído, por indicación de este, una de sus grandes novelas, Lord Jim, casualmente me encontré, en un número de aquella excelente revista Readers Digers, una biografía abreviada del autor polaco-inglés, que me dejó maravillado. Huérfano desde los doce años, se embarcó en Marsella en un buque que lo llevó a la Martinica, y a partir de ese momento comenzó su vida aventurera, navegando por los mares del Sur, por las costas de África, adentrándose en selvas en las que acechan mil peligros, conviviendo con canallas, con tahúres, con tempestades devastadoras, con paisajes paradisíacos? La vida de Conrad era, en sí misma, ya una novela interesantísima. Sobre todo por lo que Pablo me hacía notar: este hombre conoció y vivió un mundo poco aleccionador, en muchos casos perverso, pero él supo mantener firme el timón de su vida. No sólo no se dejó arrastrar por rufianes y gentes sin escrúpulos, que abundaban en aquellos ambientes de mares y puertos, sino que fue aprendiendo los valores y virtudes de la buena gente que, aunque escasa, también se encontró. De tanto navegar, aprendió el oficio y acabó de oficial de la Marina inglesa. Se retiró del mar, su gran campo de vida y experiencias, a los treinta y ocho años; se casó y se asentó en su casa del sur de Inglaterra, en donde, a partir de ese momento, empezará a escribir, a transformar su vida en literatura. Las siguientes novelas que leí de Conrad, ya por iniciativa propia, Nostromo y Un vagabundo de las islas, no hicieron más que aumentar mi admiración por este gran escritor. Gracias al cual, a Pablo y a mí las tardes de los domingos de lluvia se nos hacían más llevaderos: vivíamos intensamente refriegas en medio de piratas, navíos y temporales, pero, a salvo, en la biblioteca del colegio.