Hojeando una revista femenina, entiendo muy bien el estado de alerta permanente en que viven muchas mujeres, atentas siempre a defender su legítima condición de igualdad en pleno siglo XXI. Es que no pueden bajar la guardia, porque ya no sólo muchos hombres, sino también publicaciones pensadas y escritas por y para ellas, siguen encasillándolas en un papel que debiera estar superado hace mucho. Es el caso de esta revista que tuve entre manos para pasar un rato, pero que acabé leyendo con estupor y con el espíritu crítico muy agudizado, dada la envergadura de lo propuesto desde sus páginas.
Pues resulta que, según la línea dominante de esta publicación destinada a mujeres, desde su propio título, estamos donde estábamos hace tantos años. Sorprende la cantidad de páginas que se dedican a dar consejos para que ellas luzcan su físico, «en todo su esplendor», en estas próximas fiestas. Proponen cremas que producen «un efecto felino. Una mirada llena de sensualidad, misterio y magnetismo que se acompaña de una boca nude. Un it look perfecto para conquistar o ser la reina en todas las citas festivas». Tal cual, con muchos términos en inglés, buscando ese efecto cosmopolita que siempre aporta un toque de sofisticación. Y a uno le da por pensar que no quisiera coincidir con este tipo de mujeres en una fiesta, sea navideña o carnavalesca, porque van a estar más atentas a su «efecto felino» y a procurar llamar la atención de los demás, que a hablar con el de al lado de temas con algo de interés, positivos, normales, de la vida real y de los pobres mortales que nos reunimos allí, y que, por lo visto, deberíamos quedar rendidos a sus pies. ¿Cómo se puede inducir a esto? El peligro no es para mujeres hechas y derechas que saben muy bien lo que hay que hacer y cómo comportarse. Pero sí que acecha a las jóvenes que se ven asediadas por la publicidad agresiva de los medios de comunicación y hasta por reportajes que entrañan mensajes de ese tipo. A las chicas de hace años se les contaban cuentos de hadas, de príncipes azules y princesas encantadas. Y una gran mayoría quería casarse, con una boda inolvidable, donde ella sería la reina, en el «día más feliz de su vida». Pues ahora, años después de tanta lucha, son aún muchos los intereses que tratan de influir en el sector femenino menos concienciado. No hay ninguna necesidad de hacer de la vida social de ellas una competición de mujeres sofisticadas, presumidas, que tienen que «estar divinas». ¿Para quién? Lo que hay que inculcar desde esos medios, y muy especialmente desde las revistas destinadas de forma preferente a las mujeres, es que no tienen por qué asombrar a nadie con su físico, ni con su «mirada misteriosa», y que la única obligación que tenemos ellas y nosotros, en una fiesta, tomando un café con los amigos, en el trabajo o en casa, es la de ser educados, agradables y positivos. Si a mayores podemos ser amenos y entretenidos, también se agradece.
Lo curioso es que después de tantos consejos frívolos, la misma revista busca la atención de la mujer casada, del ama de casa, y le indica cómo debe trabajar menos en estas fiestas, cómo preparar el pavo, lo que debe hacer de noche si tiene un hijo sonámbulo... ¿No podrían decirnos a los maridos que echemos una mano, y que lo del niño es cosa nuestra?