La vida en la literatura

José A. Ponte Far VIÉNDOLAS PASAR

FERROL

04 oct 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

Cada año espero con interés el fallo del Premio Nacional de Literatura, en las modalidades de Narrativa y Poesía. Por interés profesional, pero también por comprobar si las dos obras premiadas coinciden o no con mis gustos de lector. Podría decir que, con bastante frecuencia, se producen desencuentros, lo que viene a confirmar que toda obra literaria, además de reunir la calidad técnica que la haga sobresalir, debe coincidir, en todo o en parte, con la línea dominante de la sensibilidad del lector. Hay temas que, por muy bien tratados que estén, no nos interesan o incluso nos desagradan. Hay formas de escribir o estilos que nos cansan. Por eso no es nada fácil ser jurado de un premio literario. Nunca tendremos la seguridad completa de haber escogido la mejor obra de las presentadas. Nos inclinamos por la que más nos gusta, por la que mejor conecta con nuestros gustos literarios (siempre y cuando reúna la calidad suficiente, claro), pero que no es superior a la que pudo haber ganado si quien la juzgase fuese otro jurado.

Este año el Premio Nacional de Literatura de Narrativa ?premia la mejor obra de la modalidad escrita por un escritor español, en cualquiera de los idiomas nacionales, publicada el año anterior- me ha alegrado doblemente: porque la novela, La buena reputación, me parece excelente, y porque su autor es Ignacio Martínez de Pisón, un zaragozano cincuentón de apariencia juvenil. O al menos yo sigo viéndolo así, casi como cuando lo conocí, en 1991, el año en que ganara el Premio Torrente Ballester, que convoca la Diputación de A Coruña, con su primera novela Nuevo plano de la ciudad secreta. Ahí se inició lo que luego se convertiría en una sobresaliente carrera literaria que culmina, por el momento, con este Premio Nacional. Aquel chico tímido al que conocí entonces y al que seguí viendo en reuniones literarias con bastante frecuencia, es hoy un hombre muy importante de la narrativa castellana. Y, hay que decirlo, su prestigio se fue fraguando ya mucho antes de este importante reconocimiento público.

Pero ya les adelanté que su novela, La buena reputación, me parece excelente. Intentaré explicarles por qué, sin entrar en tecnicismos que no vienen a cuento. Nos cuenta la historia de una familia (matrimonio -él judío, ella católica-, dos hijas y dos hijos) que tienen que abandonar Melilla en los años 50, tras la descolonización de Marruecos. Se instalan en la Península y su vida se engarza en el fluir social, cultural, político y religioso de esa época hasta nuestro presente. Y la grandeza de la novela reside en que uno siente que ya sabe todo lo que está leyendo. Que eso mismo pudo ocurrir en su familia, y que los cambios que se van dando en los personajes pueden estar produciéndose en uno mismo. Porque es una historia que tiene mucho que ver con la identidad. Las personas cambiamos, la vida nos va modificando, no estamos hechos de una pieza rocosa y hermética. Nuestra vida se va tejiendo con hilos de colores diferentes. Un hombre egoísta puede llegar a ser generoso, y viceversa. Hasta la mezquindad puede transformarse en voluntad de ayuda al prójimo. Lo sabemos al contemplar cómo ha sido la vida de los demás con el paso de los años. Porque lo que les pasa a los otros también nos pasa a nosotros. Esta novela nos lo viene a recordar.