Sanidad


P recisamente había acabado de leer una novela que estaba de moda en aquellos años, finales de los 60, cuando tuvieron que operarme de una apendicitis. La novela era Cuerpos y almas, del escritor Maxence Van Der Meersch, que me había resultado muy interesante. Trataba del mundo de la sanidad pública en la Francia de mediados del siglo XX, cuya situación muy deteriorada podía hacerse extensiva a la España de entonces. En ella se hablaba de la carencia de recursos económicos, de las miserias de todo tipo que había en los hospitales, de las corruptelas propias de la escasez, y por todo ello, de la defectuosa atención médica. Recuerdo que la novela me había dejado muchos recelos y malas impresiones sobre el mundo tenebroso de los hospitales.

Curioso que, al poco tiempo de leerla, sea yo el que tenga que entrar en un quirófano y ser un obligado huésped de hospital durante los nueve días que duró la convalecencia.

El conocimiento práctico que yo tenía de ese mundo de médicos y enfermos era prácticamente nulo. No se había muerto aún nadie próximo en mi familia y la úlcera de estómago de mi abuelo se iba arreglando con bicarbonato y con las recetas de don Julio, uno de los tres médicos del pueblo, amigo de la casa. Eso era todo. Por estas razones estuve muy atento a lo que me rodeaba para confrontar la teoría novelesca con la realidad inmediata. Observaba muy intrigado cada movimiento del personal que me atendía, hasta que, poco a poco, me fui relajando porque no encontré más que atenciones, buenas palabras y mejores maneras. Aquel espacio no tenía nada que ver con lo que se describía en la novela, si bien es cierto que se trataba de un sanatorio privado, un lujo para los estudiantes que, por un módico complemento que se pagaba con la matrícula (140 pesetas), teníamos un seguro que nos trataba como potentados.

En realidad, fue mucho más tarde, con la enfermedad de mi madre, cuando descubrí el verdadero mundo de los hospitales, en este caso el viejo de Santiago. En aquellas noches que pasé allí, acompañándola, me di cuenta de que se trataba de un mundo aparte, que parecía no existir en la vida de cada día en la calle. Y sin embargo, allí estaba, acogiendo en su silencio a cientos de personas. En él, el tiempo transcurría de otra manera: por las mañanas, esperando noticias del médico sobre el enfermo; por las tardes, la gente con sus visitas, a veces familias enteras llenando pasillos y habitaciones. Por las noches, los familiares que se organizaban por turnos para dormir en un sofá o sobre una manta en el suelo. Había sufrimiento, pero también esperanza, solidaridad y buena convivencia. La gente era sencilla, amistosa, con ganas de ayudar compartiendo penas. Allí me di cuenta de que ese otro mundo, del que no nos acordamos cuando nosotros y los nuestros estamos sanos, coexistía en silencio, mientras aliviaba dolores y curaba enfermedades.

Es un mundo aparte, pero real y necesario, del que solemos olvidarnos hasta que nos vemos obligados a tener alguna relación con él. Pero un Gobierno que se precie no debiera olvidarlo nunca. Los recortes en Sanidad nunca estarán justificados, pues recortan también los cuidados -y aun la vida- de los enfermos, o lo que es lo mismo, antes o después, de todos nosotros. A ver si a estas alturas va a seguir teniendo razón Maxence Van Der Mersch.

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