Encuentro realmente pasmoso que aún exista la creencia generalizada entre los hombres -no entre todos, no se me alporicen- de que renegar de los piropos callejeros es postureo femenino. Que lejos de sentirnos contrariadas por esa intromisión en nuestra intimidad, hemos de celebrar la ocurrencia del que, pese a no conocernos de nada, hemos tenido la suerte de cruzarnos en la calle.
No sé por qué resulta tan difícil de entender que no tiene nada de bálsamo para nuestro ego una costumbre tan machista como el piropo y que lo es aún menos que tengamos que explicar, como si fuésemos las raras de la especie humana, las razones de por qué nos desagrada.
Porque en el 2015 la cosificación de las mujeres debería de estar un poco más superada. No necesitamos que se nos ponga nota ni que se dirijan a nosotras cuando en ningún caso lo hemos reclamado, ni siquiera aquellos que piensan que solo están siendo galantes. Gracias, pero no. Tiran por tierra el trabajo de aquellos que -mujeres y hombres- insistimos en transmitir a la gente menuda en que no elegimos como nacemos, a veces con unos condicionantes físicos y estéticos que van a jugar en contra y a meter presión a niñas y adolescentes.
Así que los que sienten un deseo irrefrenable de compartir lo que consideran un gesto agradable con las mujeres, seguro que tienen a su alrededor allegadas femeninas de sobra a las que transmitir cariño. Pero sean más ingeniosos y halaguen por méritos. Destierren el piropo callejero.