Concentración

FERROL

Siempre que me pongo a revolver en el viejo baúl de mi abuelo -que a su vez lo había heredado de su padre, emigrante que fuera en Cuba- sé que me voy a llevar alguna sorpresa. El baúl está allí, en el desván de mi casa natal, silencioso y retador, esperando a que me atreva a perder con él unas horas, pues lo que ofrece es siempre curioso y novedoso, aunque se haya visto ya docenas de veces. Y en esta ocasión tampoco defraudó. El periódico lo había visto otras veces, en efecto, pero en lo que no me había fijado era en el contenido, por mucho que ya en la primera página apareciese, resaltado con letras grandes, el acontecimiento histórico más notable de aquellos años: en San Xoán de Barcala, el pequeño pueblo que centra el hermoso Val de Barcala -de cuya comarca Negreira es la capital- se había inaugurado, con la presencia del general Franco, la primera Concentración Parcelaria que se hizo en España. El periódico era del 7 de septiembre de 1958, y el acontecimiento histórico, del día anterior. La noticia se reforzaba con una fotografía que fue la que me hizo recordar con nitidez algo que yo, a pesar de haber estado allí con mi abuelo, recordaba de forma muy borrosa -una anónima aglomeración de gente-, pero sin ningún detalle que la identificara. Es curioso el mecanismo de nuestra memoria: recordamos hechos o detalles insignificantes del pasado, pero olvidamos episodios importantes, como este de Barcala. No acabo de comprender cómo recuerdo perfectamente el nombre de todos los gatos y perros que hubo en mi casa y, sin embargo, no recordaba nada de un hecho que la mayoría de mis paisanos consideran histórico.

En esa fotografía, reveladora ahora de un conjunto atropellado de recuerdos, se veía a Franco delante de una gran parcela cercada por cuarenta y tres banderas españolas: significaba que la nueva superficie equivalía al conjunto de ese número de pequeñas antes de ser concentradas. Ese terreno, al lado de la carretera, yo lo había visto y lo reconocí ahora. Me habían llamado la atención tantas banderas relucientes, aunque no entendiera nada de su significado.

Con mis nueve años llenos de curiosidad, había querido acompañar a mi abuelo, que, más que por entusiasmo por Franco o por la Concentración Parcelaria, acudía al acto por la novedad de un día distinto. De paso, por el camino hablábamos de cosas de la vida. A su manera, iba contestando, lo mejor que sabía, a esas preguntas a veces tan complicadas que hacen los niños.

Recuerdo ahora que, ya de camino, pero aún en el pueblo, compró tabaco delante del Juzgado, en cuyo bajo estaba la cárcel. Allí había algunos hombres asomados a las dos ventanas enrejadas. Mi abuelo me explicó que eran los «preventivos», gente que por razones políticas podían intentar hacer algo malo contra Franco. Por eso los metían en la cárcel mientras él anduviese por aquí. «¿Son malos?», preguntaba yo, en mi ignorancia absoluta de todo lo relacionado con la guerra civil. «Son xente normal, algúns, do mellor que hai no concello».

No entendí nada, pero ya estábamos acercándonos a una gran muchedumbre (el periódico habla de 9.000 personas) de lugareños que estaban atentos a alguien que hablaba desde un palco elevado en una enorme explanada. Mi abuelo me advirtió que me fijase bien, que mañana todo eso saldría en el periódico. Pues tenía razón.