Jornada de sol y sombra

José A. Ponte Far VIÉNDOLAS PASAR

FERROL

14 jun 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

Fue el domingo pasado, cuando menos podía esperar tal embestida filosófica. Dura, nihilista. Porque el día estaba más encaminado a evocar La consagración de la primavera de Alejo Carpentier, que a enredarse en reflexiones del ?Todo pasa?, como el agua del río de Heráclito. La huerta de la casa estaba pletórica de luz y de color. La vida reventaba con esplendor en las copas de los árboles, en la hierba iluminada por la luz, en el aire cálido que llegaba armoniosamente. Todo, pues, animaba en esa mañana a disfrutar de la huerta que rodea la casa familiar con el abrazo cálido que sólo da el paso del tiempo.

Pero al paisaje le faltaba algo: la presencia de las dos perras que quedan en la casa, siempre componentes animados de la huerta. Una carrera por aquí, otra por allá detrás de un pájaro, siempre atentas a la presencia de quien esté acompañándolas. No estaban por allí y su ausencia era tan notable como la rotundidad del viejo castaño o del nogal, al que cada año voy a cortar, pero al que siempre acabo perdonándole la vida. Me intereso por ellas. Voy al alpendre donde duermen, y me las encuentro allí a las dos, Maya y Lola, acompañadas desde lo alto de una estantería por la gata Uva. Lola se levanta, viene solícita a saludarme, pero Maya me mira con resignación, sin intentar siquiera ponerse en pie. Yo sabía que su proceso artrítico había avanzado mucho este invierno, pero no hasta el punto de que no se levantase al oírme, y no viniese hacia mí, aunque despacio, como la última vez hace unas semanas, moviendo la cola con cariño y alborozo. Esta vez apenas se inmutó. Sólo movió la cabeza para mirarme y en esa mirada vi toda la resignación del mundo ante la decadencia física inevitable en el proceso natural de la vida. Fue una mirada que difícilmente olvidaré, en la que había aceptación de un final, serenidad ante lo inevitable y elegante compostura ante el deterioro vital. Acaricié su cabeza tratando de transmitirle ánimo y solidaridad, y me lo agradeció con un constante movimiento del rabo. Y así estuvimos un rato, la perra agradeciendo las caricias y yo pensando en que el tiempo es implacable con todo lo que tiene vida, incluidos estos animales que viven en la inocencia y en la ignorancia de que, con los años, se envejece y se muere. Nosotros lo sabemos casi desde la infancia, pero ellos ignoran el proceso. Esta perra de raza Labrador recorría kilómetros cada día. Por la huerta, en los paseos que le dábamos por el monte, siguiendo con ahínco todos los rastros que olía de pájaros, conejos o de lo que fuera. La llegada al río era para ella una fiesta. Primero se manchaba a conciencia en todos los lodos y barro que encontraba. Hasta el hocico. Después se tiraba al agua, nadaba a favor y en contra de la corriente, porteando con la boca los palos que le echábamos al río. Y salía con la blancura inmaculada de su pelo lacio y suave, como si saliese de la mejor peluquería canina. Maya fue una perra feliz y libre, tanto, que nunca hubo manera de enseñarle que no se pisotean las flores recién plantadas del jardín ni que las jardineras no son para andar transportándolas por la huerta. Con trece años de vida, su inmovilidad es irreversible.

Una pena, acrecentada aún más por el duro contraste entre la algarabía de vida de esa mañana esplendorosa y la sabia resignación de su mirada.