e despertó el lunes con mal cuerpo. Abrió los ojos y se desperezó. Poco a poco la sensación de desánimo comenzó a atraparlo. Otra vez. Ducha rápida y café negro en la cocina. Facturas sin pagar encima de la mesa. Ni una respuesta a los currículos que lleva más de un año enviando. Empezó de forma selectiva, intentando ajustarse a su perfil profesional. Pero se acabó el tiempo para exquisiteces. Ahora valdría cualquier cosa. Pero ni así. Las cuentas no casan.
La casa se le cae encima. Le ahoga. Como si las paredes fuesen menguando, empujándolo fuera. Al vacío.
Hoy ni puede cumplir con sus rutinas habituales de búsqueda de empleo. No se siente capaz. Quizá se tome el día libre -piensa con ironía- y empiece a allanarse el terreno para lo que, sabe, va a pasar.
Hace mucho que no va por casa de sus padres. Le da vergüenza. Pero esta vez cogerá el bus y se acercará. Les dará una alegría. Alguien, al menos, estará contento. Y, de paso, pondrá sus cartas sobre la mesa. Y cederá a lo que tanto le llevan pidiendo. Oteando ya los cuarenta volverá a su habitación de chaval. Donde estudiaba, dormía, soñaba... De donde salió triunfal tras lograr su primer trabajo. Le tocaba volar solo. Ilusionado. Todo por delante.
Se rozó los ojos con la yema de los dedos. Lo justo para secarse un par de lágrimas. La televisión parloteaba sobre elecciones, resultados, alcaldías... La apagó. Y se fue a la parada del bus. Allí varios rostros de alegres candidatos le sonreían. No sabía quién había ganado. Y tampoco le importaba. Solo sabía que él volvía a ser el perdedor.
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