Tan cerca y tan diversa


Cuando una hermana de mi abuela le escribía desde Buenos Aires, yo recortaba y guardaba aquellos sellos tan llamativos, que reproducían avenidas inmensas y parques bien cuidados. Y siempre me quedó la imagen infantil de una gran ciudad, con una belleza especial. Ayudaba a reforzar esta idea el hecho de escuchar a emigrantes del pueblo que les había ido bien allá, y contaban acá las excelencias de la capital argentina. Acabo de pasar unos días en Buenos Aires y comprobé que lo imaginado no estaba tan lejos de la realidad. Me encontré con una ciudad moderna, pero con un agradable sabor clásico, de años atrás; como si viviese en el futuro, pero con la nostalgia del pasado. Con calles céntricas enormes y casas señoriales de piedra noble, con palacetes muy cuidados, hoy hoteles o restaurantes de lujo. Argentina firmó el tratado de independencia de España en 1810, y desde ese momento le vuelve la espalda a la metrópoli y a todo lo que suene a español. Y pone los ojos en Francia, por lo que serán arquitectos franceses quienes diseñen el centro de la ciudad y sus barrios más nobles. Argentina llegó a ser la quinta nación más rica del mundo y Buenos Aires experimentará un enorme crecimiento. Lo hizo con gusto y con ese acierto urbanístico tan propio de los franceses. Por algo la capital era conocida como el París de Latinoamérica. En una ciudad tan elegante y afrancesada no tenían cabida las construcciones coloniales. De la época española solo queda El Cabildo, enfrente de la Casa Rosada. Pobre reliquia para proeza tan grande?

Pero al margen de esto, me encontré con una ciudad viva, llena de gente, una gran mayoría joven, que inunda las calles, dinámica, que no para de hablar y ¡lo bien que hablan! Eso de sujeto, verbo y complementos que aquí explicamos en los institutos con muy poco éxito, resulta que lo dominan allí los «infantes de primaria», en su propio lenguaje. Los de secundaria, ya añaden epítetos y adverbios con la soltura de hombres de letras. La Universidad estatal es gratuita para todo aquel que supere el examen de acceso. Y eso se nota. El Gobierno de Cristina Kirchner tiene mucho de populismo y cosas incomprensibles (cuando ella habla en un acto público, todas las cadenas de televisión con subvenciones públicas tienen que transmitirlo), pero también hay que apuntarle avances sociales como este de la gratuidad universitaria o como la aportación básica a todo aquel que no tenga trabajo: unos 80 euros mensuales, que en algo ayudan, sobre todo cuando en una familia hay varios parados.

Y algo me sorprendió gratísimamente en Buenos Aires: el gran número de teatros, cines y librerías. Solo en la calle Corrientes, que aún guarda el recuerdo del tango de Gardel, hay más de una docena de teatros, otros tantos cines y no menos librerías. Pero lo curioso no es el número de locales, sino la cantidad de gente que acude a ellos. La librería El Ateneo es la segunda mejor del mundo: un antiguo teatro, con sus palcos llenos de estanterías de libros y butacas para curiosearlos, con una cafetería donde se puede leer; con un apartado para niños que, mientras sus padres compran o andan entre libros, ellos leen cuentos infantiles que tienen a su disposición. ¡Esa sí que es una manera eficaz de hacer lectores para el futuro!

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