Cicatería y despilfarro

José A. Ponte Far VIÉNDOLAS PASAR

FERROL

09 feb 2015 . Actualizado a las 19:46 h.

Cuando uno lee en los periódicos que nuestros diputados nacionales, después de no sé cuántos años en el Parlamento tienen derecho a una jubilación con retribución máxima, no queda otro remedio que montar en cólera (y muchos se montarán también en el carro de Podemos) ante tan injustas prebendas. ¡Con lo difícil que es para tanta gente conseguir una pensión mínima decente! Este es un país tan dilapidador como cicatero.

Ante casos así, yo recuerdo siempre el testimonio que escuché en mi casa familiar, en el pueblo, a un amigo de mi abuelo que había ido a visitarlo. Yo había hecho lo mismo, coincidimos ambos y asistí con interés a lo que ellos ya habían empezado a comentar. El señor, vecino de una aldea cercana, exponía el tema con tanta claridad como sencillez. También con mucha seguridad, nacida seguramente de la veracidad con que contaba los hechos. Sus palabras transmitían dignidad y resignación en la misma medida. Quizá por eso yo recuerdo el relato con sorprendente frescura.

El hombre había nacido en 1909 y esta conversación tuvo lugar en 1986. Y todo giraba en torno a una reclamación que había hecho al Gobierno -ateniéndose a una reciente ley de 1984, que reglamentaba el asunto- pidiendo que se le reconociese la pensión a la que tenía derecho como oficial del ejército republicano durante la guerra del 36. Contaba cómo había hecho el servicio militar en Zaragoza, como cocinero, del que se licenció en 1931. Se fue a Madrid, encontró trabajo en el Mercado Central, y se afilió a la CNT. Estalla la guerra y el sindicato le encarga formar una brigada de diez hombres para custodiar depósitos de víveres, y lo nombran sargento.

Dos actuaciones valerosas le valen para que el general Lukcas lo nombre teniente de Intendencia, y lo incorpora a la XII Brigada Internacional. Con ella recorre todos los frentes de guerra, siempre desde su puesto de intendente. Preparó comidas y reuniones en sitios improvisados para los generales más significados, entre ellos el casi paisano Enrique Líster (Negreira y Calo están a 20 kms.), con el que habló muchas veces en esas ocasiones.

Contaba los detalles con tal precisión, que podíamos seguir detalladamente cada episodio. Además, relataba todo con naturalidad, incluso con bondad, sin una mala palabra que dejase asomar resquemor o insidia. Y así llegamos al episodio bélico final, cuando a punto de entrar en Francia por Port-Bou, el camión cargado de comida y utillaje en el que va él, es alcanzado y luego destruido por la aviación franquista. Él logra cruzar la frontera a pie, descalzo y sin un solo documento que lo identifique. Su mochila había volado con el camión. Meses en un campo de concentración en Francia, devolución a España, prisionero en Bilbao. Desde allí pidieron informes al cura del pueblo, que los manda buenos, y el capitán castrense le gestiona ante el tribunal militar su libertad. Regresa como pudo a su casa, en donde le esperan sus padres, la mujer y un hijo, con la obligación de presentarse cada quince días en el cuartel de la Guardia Civil...

Ese día estaba contento por la reciente ley que le reconocería sus derechos, pero temeroso porque no podía demostrar su graduación de teniente. Los testigos habían muerto todos. Manuel (llamémosle así) falleció nueve años después de esta conversación. Nunca llegó a cobrar la pensión.