Verde

Miguel Salas CUENTOS BÍFIDOS

FERROL

Cuando, hace hoy treinta años, tuvo lugar el primer ataque, nadie -ni científicos, ni gobiernos, ni militares- estaba preparado. La humanidad había imaginado cientos de relatos apocalípticos: extraterrestres, guerras provocadas por la escasez de recursos, enfrentamientos religiosos. Nadie, de entre los once mil millones que entonces habitábamos la Tierra, previó que serían las plantas las que nos arrastrarían hasta la extinción.

La Primavera Cero comenzó con unos índices de polen en el aire que rompían las estadísticas; acostumbrados a la creciente contaminación del aire, no nos preocupamos. En menos de un mes murieron trescientos millones de personas de ataques agudos de alergia.

La crisis colapsó el sistema sanitario de todos los países desarrollados. Aquella había sido la avanzadilla: llegaron las crecidas nocturnas de las selvas, que en cuestión de horas se estampaban contra las ciudades cercanas como tsunamis de verdor, haciendo añicos el hormigón; la inutilización de las cañerías, que provocó una crisis higiénica sin precedentes en las urbes más alejadas de las fuentes de agua dulce; el final de la energía eléctrica. Los supervivientes nos refugiamos en los barcos, pero fue inútil: la vegetación submarina pronto los volcó todos.

Quedamos tan solo unos cientos, sobre un archipiélago flotante de basura. Las plantas reptan hacia nosotros. Les cuesta agarrarse a las lisas paredes del plástico, pero no tardarán en alcanzarlos con su mortal abrazo.