Decepción


Cuando se bajó del vagón del metro dispuesto a recorrer los interminables pasillos de la parada de Argüelles, Chicho tuvo la sensación de que aquel no iba a ser un día más. Supo que su intuición, aun ahogada por el sueño y el calorcito de la pequeña multitud de personas que atestaba los pasillos, había sido correcta cuando vio, surgiendo de la grieta de un azulejo roto que quedaba a la altura de sus rodillas, una margarita pequeña, delicada, perfecta.

Se detuvo sin pensarlo y se arrodilló a ante ella con la intención de arrancarla, pero al contemplarla con mayor detenimiento comprobó que del centro mismo del corazón amarillo y sedoso de aquella minúscula maravilla surgía -aún más pequeña, más delicada, más perfecta- otra margarita.

Llevado de nuevo por su intuición, finalmente aquella mañana sacó el móvil y contempló la flor a través del potente zoom de su cámara.

Acertaba de nuevo: sobre la segunda margarita crecía una tercera, y una cuarta sobre ésta.

La quinta -que existía, por mera lógica- apenas se intuía ya, pero la serie podía prolongarse hasta el infinito. Chicho, que era profesor de física, comprendió que estaba ante una flor fractal.

Sacó el teléfono para avisar del milagro.

¿A quién podía llamar?

Recordó entonces que estaba en España.

Pensó en Bárcenas, en Belén Esteban, en Florentino Pérez, en los diputados jugando al Apalabrados durante las sesiones. Aplastó la flor fractal de un manotazo y siguió caminando.

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