Después de un esperanzador comienzo, la temporada de setas está siendo vapuleada por la meteorología, de modo que las frágiles delicias del bosque están al alcance solo de los más avezados micófagos. Pese a todo, no queda predio montuno en Ferrolterra en el que no se detecte el rastro de los aficionados. No siempre para bien: sigue habiendo manazas y desconsiderados con la naturaleza que más que disfrutar con la búsqueda de setas se afanan en arrasar cuanto encuentran. Otro año más. Contra estas prácticas irrespetuosas con el medio se llamó la atención reiteradamente a lo largo de los últimos días en el ciclo de charlas organizado por la Asociación Micolóxica Viriato, una encomiable iniciativa que cumple su XXXII edición. Al respecto, resultó ilustrativa la ponencia de José Castro Ferreiro sobre la normativa que ya esta campaña es de obligada observancia. Pero fue la lección de la profesora Marisa Castro Cerceda, tal vez la más reputada micóloga gallega, la que concitó el mayor interés de las jornadas, con su disertación sobre etnomicología. Un repaso, necesariamente sucinto por el formato de las jornadas, que contribuye a contextualizar la relación de los humanos con el reino fungi, y también a explicar algunas de las creencias y supersticiones que sobre las setas se han ido consolidando a lo largo de los siglos. Lástima que quienes rastrillan los pinares, armados con una azada como prolongación natural de su cerebro, no hayan acudido a ilustrarse a estas sesiones. De haberlo hecho, el año que viene probablemente no solo no destrozarían fructíferos seteros sino que gozarían más de una afición que crece de forma imparable.