Cuando a Severiano lo abdujeron los extraterrestres por cuarta vez consiguió convencerlos de que se lo llevaran a su planeta. No había salido nunca de su pueblo y quería ver mundos. Allí lo pasó bien, pero a los tres meses empezó a echar de menos la rotonda reseca bajo el sol de agosto, los perros flacos echados en las cunetas, el ciervo disecado del bar. Expuso su nostalgia a las autoridades, que dieron muestras extravagantes pero inconfundibles de simpatizar con ella, pero le comunicaron con pesar que el próximo viaje a la Vía Láctea tardaría diez años en zarpar.
Seve volvió a su habitación y pasó la noche contemplando desde el balcón las tres inmensas lunas de Mor, sobre las que se recortaban los acantilados de cristal. A la mañana siguiente alguien llamó a su puerta.
Era Kir, su mejor amigo. Estaba nervioso y escondía algo bajo su túnica. Pasó sin pedir permiso y sacó una morcilla de Burgos, una imagen abrebotellas de la Virgen de Monserrat y uno de esos visores de diapositivas en forma de televisión que se pusieron tan de moda en los setenta. Los he robado del museo terrícola, sección Iberia, borboteó Kir en su lengua. Severiano se sentó; mientras masticaba la morcilla con arrobo se puso a contemplar vistas de Lugo. Sus ojos no se empañaron por la nostalgia, sino por la generosidad de su amigo. Quizás diez años entre estas gentes no sean tantos, se dijo, y se puso a enseñar a Kir cómo abrir botellas con la Moreneta.