Bajan aguas revueltas en el río del naval ferrolano. En un sector marcado desde hace años por el humo -anuncio tras anuncio pero sin contratos en firme- un hito como el de hoy, de puesta de la quilla del flotel en la grada, real, comprobable, se realiza a puerta cerrada. No hay fiesta. No la quiere Navantia porque ha tenido que admitir públicamente retrasos en la obra y porque su decisión de desviar ocho bloques a los astilleros del sur ha soliviantado a los trabajadores y a la Xunta, padrino del contrato. Hasta la propia petrolera, en una decisión inédita en un sector como este, ha explicitado su malestar por el desarrollo del encargo.
Mientras con la retranca bazanera los trabajadores insisten en que en seis meses no se les ha olvidado fabricar buques, la obra del flotel, la única en firme de construcción naval en la planta ferrolana -Fene, apartada, sigue paralizada- continúa generando más disgustos que alegrías. Es una obra con la que la antigua Bazán regresa al sector civil después de 25 años y si en algo coinciden en estos momentos la empresa pública y sus trabajadores es en que los astilleros tienen que cumplir su compromiso. Como lo lleva haciendo décadas.
Después de exitosos programas para la Armada española, noruegos y australianos inflaron de orgullo a un naval que pasaba por su bum de ocupación. Es hora de que lleguen los encargos prometidos, que cesen los experimentos, los vaivenes y las improvisaciones. No se puede patinar. Alguien podría estar tentado a utilizar el fallo como excusa. Y seguro que para nada bueno.